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Yo también soy purista

Yo al flamenco lo quiero abierto, libre y muy variadito. No me molestan los experimentos salgan como salgan pues creo que éticas y estéticas se reafirman también a base de negaciones.

Ponga la boca así, como le indico: con la comisura derecha mirando a la oreja más cercana y mantenga la otra rígida, inmutable. Levante la ceja izquierda y acumule un poco de aire. Expúlselo en un bufido y pronuncie esta palabra: “purista”. Hágalo alargando la ‘p’  y casi comiéndose la ‘s’ aunque no sea usted andaluz, extremeño o caribeño. Procure que no suene como un suspiro, sino a desdén y si la audiencia es propicia, añádale a su interpretación un gesto de repugnancia.

Esta interpretación que les propongo viene a cuento de algo que he detectado hace poco. La palabra que les comento la dicen así algunas personas que acaban de acercarse al flamenco y otras que no tienen intención de hacerlo, pero que me preguntan sobre el mundillo porque les interesa lo que hago y yo se lo agradezco mucho. Ninguno ha oído ni mentar a La Serneta, ni ha escuchado nada previo a Camarón de la Isla y aunque a algunos les suena Mairena, siempre acabo comprobando que se refieren a Juan, el profesor de retórica que inventó Antonio Machado y no al cantaor del Alcor.

Con ese bagaje jondo, son muchos los que en algún momento se atreven a pronunciar una frase como esta: “Anda que estarán buenos los puristas con el disco de Fulano”.  Dicen “puristas” como les explico arriba y a veces cambian “Fulano” por “Zutana”, pero la autoridad moral con la que pronuncian el término en cuestión es siempre muy parecida. Hay veces que me guiñan un ojo, buscando complicidad.

A los que conozco les pregunto a qué se refieren: “retrógrado” o “casposo” son algunos de los sinónimos que han aportado. Con los que tengo más confianza y tienen sensibilidad y conocimiento musical he ido más allá y les he propuesto que escuchen a Chacón, a Pastora, a Chocolate y últimamente para no irme tan lejos, les dejo el disco que acaba de publicar David Pino. Y no sólo no se han quejado sino que alguno hasta se ha percatado de que el cante es algo más difícil y complejo de lo que insinúan los tópicos y el mercado.

A algunos de esos a quienes llaman “puristas” yo los conozco y sé que su afán es más el de proteger un patrimonio y una historia que el de embalsamarlo o cubrirlo de polvo. Quererlo, respetarlo, darle su sitio. Algunos están más abiertos a los cambios, otros menos y los que están cerrados del todo y entienden que el flamenco más que un arte es un sepulcro, tampoco me interesan a mí.

Yo al flamenco lo quiero abierto, libre y muy variadito. No me molestan los experimentos salgan como salgan pues creo que éticas y estéticas se reafirman también a base de negaciones. Acepto cualquier instrumento si es pertinente y aunque antes era reacia, desde que oí a Jordi Fornells cantar unos tientos tangos con versos de Miquel Bauçà, empiezo a pensar que casi cualquier lengua es apta para meterse en jonduras. Pues oiga, ni así me libro de miradas recelosas cuando me niego a caer en una trampa, y entiéndase por trampa lo fácil, lo edulcorado, lo evidente y los disfraces. Y en esos casos, me imagino a quien así me mira escupiéndome un “purista” en cuanto me doy la vuelta.

Dicho esto, me confieso: cuando era jovencita, yo también usé esa palabra con mala fe. Por ejemplo, lo hacía si algún adulto me decía que Camarón de la Isla era un camelo. Herida, simulaba más primaveras de las que tenía, levantaba la barbilla, hinchaba el pecho y, arrastrando mucho la ‘p’, replicaba: “¡Usted es que es un purista!”.

Espero que me perdonen: yo no quería insultar, es que quería crecer y a veces, con tanto “esto sí y esto no” y tanto Pigmalión, no me dejaban.

 

Silvia Cruz Lapeña

 

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