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Ingratos a la flamenca

Espero que se acabe algún día el escarnio del que solemos ser víctimas los que nos dedicamos, por amor al arte, a investigar, estudiar y escribir sobre flamenco.

Esto no es una receta, es casi una denuncia, género que apenas visito pero me ha pillado caliente; me senté a escribir mi artículo quincenal para ExpoFlamenco y salió esto. Allá voy.

 

Llevo treinta años dedicado a la investigación en el flamenco. Mientras, he dado clases durante once años en el Conservatorio Superior de mi Córdoba, cientos de conferencias, docenas de cursos, soy profesor universitario, he presidido una fundación, he dirigido un sello discográfico, he ejercido como director musical en compañías de baile, he compuesto decenas de canciones (sobre todo infantiles), he redactado decenas de artículos, fascículos, libros, he trabajado como guitarrista en clubs y en la compañía del gran Antonio Gades, con giras por todo el mundo. Y además he creado una plataforma de Internet que tiene miles de visitas diarias, de acceso totalmente gratuito, que tiene por cierto un considerable coste de mantenimiento, amén del trabajo de años (hay que decir que gracias a las donaciones, sobre todo del extranjero, cubro parte de los gastos). Vamos, que no he parado.

 

Con todo y eso, he invertido miles de horas de esas tres décadas largas en investigar, dejándome los ojos ante miles de papeles y partituras, algunas con cientos de años, respirando polvo solo por el afán vocacional de encontrar alguna pista que aclare, aunque sea un poquito, el pasado de nuestro flamenco. Por ese trabajo he recibido la ingente cantidad de… cero euros. Sí. La investigación en el flamenco está infravalorada, en general la de la música, pero la del flamenco si cabe aún más. Además, a los investigadores de la cosa jonda nos toca aguantar el ninguneo de algunos que parecen disfrutar criticando a los demás y son incapaces de mirarse a sí mismos, que algún defecto tendrán, digo yo.

 

El otro día, leyendo un hilo en la “enredadera mayor del reino”, se comentaba acerca de los muchos que viven del cuento en el mundillo flamenco. Y al minuto alguien metió en el grupo de los vividores a los críticos e investigadores del flamenco, canción que por desgracia vengo escuchando desde hace mucho. Enseguida otro “comentarista” con ínfulas de “tertuliano enredador” apostillaba: “¡Cada vez hay más críticos-filósofos que tienen la verdad absoluta sobre el flamenco!”. Confieso mi sorpresa ante la opinión que tan prestigiosas personas tienen sobre compañeros que, y lo saben, hacen una labor impagable, nunca mejor dicho, ya que el 99 por ciento no podría vivir jamás de lo que gana investigando, o sea, nada.

 

 

«Me parece de una ingratitud supina la poca consideración para con los que nos dedicamos a investigar por amor al arte, con los que aportamos miles de datos, para que vengan a ningunearnos personas que están en el mundillo y ellos mismos viven de su trabajo con el flamenco»

 

 

Y ya puestos, ¿por qué no incluyeron en el pisto a los productores discográficos y editores de libros, que también suelen ser acusados de comerse parte del pastel? Y ya puestos, al mánager, el chófer y los técnicos. Por ejemplo, inviertes un pastizal en un equipo de grabación y sale el listo de turno y te suelta lo de “¡Qué! ¡Te estás forrando, ¿eh?”. Como si se ganara algo vendiendo discos hoy en día. En este sentido confieso que he tenido que empezar a editar mis libros para al menos ganar algo, aunque sea un poquito, del fruto de las investigaciones de tantos años, cansado de los editores que, con honrosas excepciones, se lo queden todo. Tengo un libro de 800 páginas y he tenido que amenazar al editor que lo retire tras vender más de 300 ejemplares a 40 euros y haberme pagado ¡35 euros! desde 2008. Por suerte, ahora soy mi propio editor y, aunque entre la imprenta y el envío queda poco, algo es algo.

 

Me parece de una ingratitud supina la poca consideración para con los que nos dedicamos a investigar por amor al arte, con los que aportamos miles de datos, para que vengan después a ningunearnos precisamente personas que están en el mundillo y ellos mismos viven también de su trabajo con el flamenco.

 

Desde que empecé a trabajar en la industria discográfica he tenido que aguantar la poca consideración de los “ingratos a la flamenca”. Por ejemplo, en las primeras ediciones en CD de los primeros noventa los discos de Camarón y Paco de Lucía no tenían ni un mísero texto, la portada y en el reverso aquello de “el CD es un sistema…”. Una vergüenza. Lo denuncié ante los jefes de producto de Philips y el entonces A&R de PolyGram, Simone Bosé, me dijo: pues haz tú el trabajo, redacta unos textos y hacemos unos pequeños libretos. Por entonces yo dirigía el sello de música clásica Deutsche Granmophon, y los discos del sello alemán contrastaban con las cutres ediciones que se hacían de los discos de flamenco. Me puse manos a las obra y, aunque aquella aportación mía dejó bastante que desear, algo era. Pues resulta que al ver mi nombre en los discos de los dos genios gaditanos algunos tenían la poca vergüenza de soltarme la sempiterna frase: “¡Te lo estás llevando crudo, ¿eh?”. ¿Qué se crearán que pagan por ese trabajo? Con unos fascículos que hicimos de Camarón se vendieron setenta mil colecciones de veinte discos cada una. Multipliquen. No les digo cuánto nos pagaron a mi compañero Gamboa y a mí por aquel trabajo para que no se rían de nosotros y nos digan aquello de “Dios dijo hermanos, no primos”. Pues lo mismo: te estás haciendo rico, ¿eh?

 

Pues eso, espero que se acabe algún día el escarnio del que solemos ser víctimas los que nos dedicamos, insisto, por amor al arte, a investigar, estudiar y escribir sobre flamenco. El otro día un crítico de varias décadas en la profesión me decía que había abandonado porque lo que le pagaba el medio para el que escribía no le daba ni para la gasolina que necesitaba para trasladarse al lugar del concierto o festival. ¡Vale ya de echar el rato a costa del trabajo de los demás! Qué fácil es soltar moralina en las redes caiga quien caiga, sin tener en cuenta a quién afecta y volviendo una y otra vez sobre los tópicos que no hacen más que embadurnar la convivencia. Bastante mal esta la cosa para que nos echemos porquería entre nosotros. La ingratitud es una actitud muy poco flamenca. Solía decir mi padre, en paz descanse, que ingrato es aquel al que damos lo que no se merece. Pues eso. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Opinar es gratis, lo sé, pero fiscalizar continuamente la actitud de todo quisque debe ser insano. Como dicen en mi Cuba: ¡Ta bueno ya!

 

 

→  Ver aquí las entregas anteriores de la sección A Cuerda Pelá de Faustino Núñez en Expoflamenco

 

 

 

 

 

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Musicólogo de Vigo (Galicia). Investigador y profesor. Amante de la música. Enamorado del flamenco. Y apasionado de La Viña gaditana.

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