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El flamenco ha llegado a la Bienal de flamenco

La noticia, por rara que parezca, es la que es: el flamenco ha llegado a la Bienal de Flamenco. Esperemos que sea para quedarse. O al menos, para que no se vaya muy lejos.


El otoño ha llegado entre calores impropios de este tiempo, por mucho veranillo de San Miguel (vulgo veranillo de los membrillos o veranillo de los Arcángeles) al que nos queramos agarrar. Demasiado calor para un mes de septiembre bien entrado en semanas que no deja que la canícula se pierda por los cerros de Úbeda.

 

Y de la mano del otoño ha llegado el flamenco a la Bienal de Flamenco de Sevilla. Parece raro. Un contrasentido, un contradictio in terminis que decimos los que nos peleamos con el Civil y el Laboral, Derecho Romano mediante. Pero no. Es una verdad como la Giralda de grande, de alta. Y, si me dan la venia correspondiente, desde uno de sus balcones —como aquel papa polaco que vino a beatificar a Sor Ángela de la Cruz, la niña de la Plaza de Santa Lucía—, lo podemos pregonar hoy a los cuatro vientos de la ciudad: el flamenco ha llegado a la Bienal de Flamenco.

 

 

«Con sus claros y sus oscuros, pero para bien. Se ha visto flamenco y eso interesa al personal. Unas veces más y otras menos. Unos días se canta mejor y otros peor… Pero si es flamenco, interesa»

 

 

Lo de Juana la del Pipa en la calle San Luis fue un buen presagio que aupó al cielo del toque Vicente Amigo en el Maestranza. María Terremoto con el piano de Pedro Ricardo Miño flamenqueó hasta la Triana eterna. Y con Israel Fernández, la gente joven de las Tres Mil, Dolores Agujetas, José Valencia, La Piñona, Salvador Gutiérrez y Antonio Reyes, con el toque de Dani de Morón, han hecho que la Bienal rompa para bien. Con sus claros y sus oscuros, pero para bien. Se ha visto flamenco y eso interesa al personal. Unas veces más y otras menos. Unos días se canta mejor y otros peor… Pero si es flamenco… Interesa.

 

La noticia, por rara que parezca, es la que es: el flamenco ha llegado a la Bienal de Flamenco. Esperemos que sea para quedarse. O al menos, para que no se vaya muy lejos.

 

Imagen superior: Lucía La Piñona – Foto: Archivo La Bienal – Claudia Ruiz Caro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Eduardo J. Pastor

 

 

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