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El niño que soñaba con la estatua de Caracol

El legado de Manolo Caracol entre los jóvenes por las calles de su barrio natal, la Alameda de Hércules.

El día comenzaba temprano. El sol caía en esa mañana soleada. Un niño caminaba con algunas monedas en el bolsillo que a escondidas su abuela le daba. El niño corría hacia las puertas de la inocencia, que se hospedaba en la pequeña bolsa de chucherías de aquel viejo quiosco de su barrio. De repente, aquel día de verano cambió para ese niño inquieto. Él se quedó inmóvil al ver aquella estatua del señor sentado. Mil preguntas vinieron a la pequeña cabeza de un niño que a veces, sólo a veces, soñaba despierto de la puerta hacia el salón. ¿Quién era ese señor? ¿Por qué estaba sentado? ¿Lloraba o gritaba? Y se marchó, ahora sí, con su bolsa de chucherías. Llegó ancá la abuela y sin pensarlo le dijo: «Abuela, creo que he visto a un hombre sentado que lloraba». La abuela, impresionada, le contestó de manera protectora: «¿Quién era? No habrás hablado con él, ¿no?». Él le respondió inocentemente: «Qué va, abuela, si ese hombre no habla». La abuela le miró extrañada y le volvió preguntar: «¿Cómo es eso? ¿Era mudo?». El niño le contestaba con una sonrisa inquieta: «No, está quieto y callado, pero yo creo que está llorando, quizás necesite un amigo». La abuela, como buena abuela andaluza que era, le aclaró: «Bueno, miarma, tú no te vaya acercá por si acaso». Pero el niño, al que siempre le ganaba la curiosidad a la razón, volvió al día siguiente y otra vez se quedó observando a aquel señor que nunca decía nada, que nunca hablaba pero que siempre lloraba. Al enterarse la abuela de que el niño iba todos los días, decidió seguirlo hasta que le observó y comenzó a reír a carcajadas cuando vio al niño hablando con la estatua de Manolo Caracol. La abuela le miró con los ojos de una abuela que se emociona cada vez que ve una pizca de la inocencia de su nieto en este mundo tan sombrío. Han pasado los años y el niño que soñaba con la estatua de Caracol creció, aunque aún se sigue preguntando si verdaderamente ese hombre lloraba cuando cantaba o cantaba cuando lloraba. Así comienzo este artículo, debiéndole mi cariño e idolatría a las calles de mi barrio y al genio que desde la noche a la mañana nos mira desde la pureza que reviste su arte.  

 

A Manolo Caracol.

 

El legado de Manolo Caracol

Tras haber estudiado su cante y su vida durante meses, me vino a la cabeza una idea que me representaba como un joven con apenas veintiún años a mis espaldas. Me dispuse a bajar a las calles de mi barrio a preguntar sobre su figura entre los paisanos. Entonces cogí mi cuadernillo y un boli malgastado. Quería viajar entre las opiniones del genio de la calle Lumbreras. La primera idea fue ir a aquellas bodegas, en las que las experiencias siempre visten de pureza. El dueño me miró y con la voz de la razón me dijo que nunca hubo un genio más grande por estas calles. Su cante fue la inspiración de aquellos niños que, bajo el sol radiante, escuchaban la zambra más gitana y a la noche más oscura quebraban con los fandangos más puros en los pequeños radiocasetes. Luego me acerqué a escuchar la voz de los jóvenes. Les pregunté lo que para ellos era el flamenco y si les gustaba escucharlo asiduamente. La mayoría me respondió sin pensar que sí y su explicación fue que se sentían identificados con el carácter y la idiosincrasia que tiene el flamenco para ellos. Muchos recordaban a sus abuelos al hablar de flamenco, ya que se habían criado con ese soniquete en sus familias. Tras preguntar esto, inmediatamente les pregunté si conocían la figura de Manolo Caracol. En una opinión general, muchos me respondieron que no lo conocían, pero extrañamente les sonaba su nombre. Por último, quise preguntar qué artistas escuchaban asiduamente en el flamenco y surgieron nombres recurrentes, por ejemplo Lole y Manuel, Camarón de la Isla, Israel Fernández o el Torta, entre otros.

 

 

«El hecho de que solo se recuerde el nombre de Manolo Caracol y no se viva su música entre los jóvenes es un síntoma del desapego por nuestra propia cultura y nuestro arte»

 

 

Después de preguntar y contrastar las opiniones de los jóvenes, llegue a dos conclusiones. La primera de ellas fue la pertenencia tan arraigada que tiene la juventud hacia el flamenco y la vía de conocimiento desde sus mayores. La segunda conclusión me surgió enseguida: aunque la juventud sienta el flamenco, tiene poca inquietud por el conocimiento del flamenco y sobre sus artistas. Es una lástima que entre las calles del barrio que vio nacer a Manolo Caracol –la Alameda de Hércules, Sevilla– pocos jóvenes conozcan con voz certera su figura.

 

Las preguntas que me surgen tras estas conclusiones son:

 

¿Por qué no llega el flamenco a la juventud? ¿Por qué el desconocimiento entre los jóvenes de un artista de la talla de Manolo Caracol?

 

Desde pequeño, nos sumergimos desde la subconsciencia en la cultura flamenca, ya sea en ferias o desde nuestro folclorismo. Esto provoca que, cuando llegamos a adultos, tengamos tan asumido que conocemos el flamenco hasta tal punto de no llamarnos la atención.

 

 

«Si somos flamencos es gracias a él, a sus zambras, a sus fandangos y a sus soleares. Porque Manolo Caracol es un artista atemporal. Los genios no se marchan con el tiempo, sino que se quedan en el alma de cada uno de nosotros»

 

 

¿Realmente tenemos culpa los jóvenes de no conocer el flamenco?

 

Pienso que no. Creo que el problema se encuentra en nuestra educación básica. No existe ninguna asignatura que enseñe nuestra cultura flamenca y las raíces de esta. Esto complica que las generaciones jóvenes actuales y las que vienen conozcan su cultura desde un punto de vista histórico y formativo. En definitiva, la trascendencia de Manolo Caracol, en mi opinión quizá el mejor artista de flamenco de la historia, el hecho de que solo se recuerde y no se viva su música entre los jóvenes, es un síntoma del desapego por su propia cultura y arte. En las escuelas básicas existe para mí el mayor de los problemas. Nos llenan la cabeza con datos desde muy pequeños, pero a la hora de apreciar el arte y despertar nuestra imaginación a través de la cultura todo resulta más complicado e incluso nulo en el ámbito del flamenco.

 

Manolo Caracol es más que un cantaor, es la razón de la locura hacia el flamenco que mi hermana y yo llevamos dentro. Aún recuerdo de pequeño en las mañanas de verano junto a ella, escuchar la finura del maestro Melchor de Marchena y su voz quebrándose poco a poco por seguiriya. Si somos flamencos es gracias a él, a sus zambras, a sus fandangos y a sus soleares. Porque Manolo Caracol es un artista atemporal. Los genios no se marchan con el tiempo, sino que se quedan en el alma de cada uno de nosotros.

 

Texto: Pablo José Abascal Ruiz

 

 

 

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