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Homenaje a Carmelilla Montoya

Bailaora de pasos cortos y elegantes, de belleza gitana y perfil flamenco. Tuvo siempre el don de la gracia y el compás. Con tres años ya era capaz de pintar caracolas con las manos. Una artista de tradición, de saga familiar, de escuela, de sangre, transmitiendo toda su fuerza, esa fuerza femenina que no es posible comparar con nada.

Ofrecimiento homenaje a Carmelilla Montoya – Por Carmen Arjona Pabón
XVII Festival Flamenco del Melocotón – Villaverde del Río / 27 julio 2019

Gitana, color de aceituna, como declamaría Manuel Molina, el poeta. Es fácil imaginar los pasos de Carmelilla correteando por las calles de Triana en una infancia feliz, de niña ilusionada, y querida por su gente. Aquellos años en los que las familias compartían momentos de complicidad ante los ojos curiosos de aquella niña, en noches calurosas, de ventanas y puertas abiertas, en los corrales, en los patios encalados, en las casas, mientras los sones flamencos vibraban en el aire. Momentos de vivencias tan intensos en los que aprender de los mayores, de los vecinos, las artes del flamenco más puro, el que se vive en primera persona, el que traspasa la piel y se aloja en las entretelas del alma. Ahí nació la inquietud de una niña capaz de aprenderlo todo pero aún sin bruñir su tierno metal. Cante, baile y toque se fueron hilvanando en sus adentros para dar luz a una bailaora de sentimiento.

Nacida en la calle Evangelista, muchos momentos fueron vividos en el barrio del Tardón, en los corrales trianeros, en casa de la familia Montoya, lugar imprescindible de reunión de los flamencos. Con solo ocho años la familia se traslada al Polígono San Pablo. Aunque Carmelilla canta, baila y hace compás con una naturalidad sorprendente, en ella germina y crece el alma de una bailaora de raíz, temperamental, apasionada, una flamenca de raza, en un cuerpo pequeño, menudo, que obliga a recordar a la gran Carmen Amaya. Carmelilla, aunque es Montañés en el registro, su sangre viene de los Amaya por línea paterna.

Para su nombre artístico decide tomar el apellido de su madre, la cantaora Carmen Montoya, de su maestra. El apellido de la familia. ¡Qué cosa tan grande! ¡Qué gran responsabilidad! La familia que le transmite su saber del que es heredera de todos los conocimientos flamencos. De la mano de su madre, empieza a bailar a la edad de siete años, aunque con tres ya era capaz de pintar caracolas con las manos y darse sus pasitos con zapateado. El don ya vivía en ella, porque nació con él dentro. A la edad de doce años formaba parte del grupo artístico La Familia Montoya, creado por su padre, el bailaor llamado El Morito, y su madre, la cantaora Carmen Montoya, recorriendo innumerables escenarios y muchos años de los dorados 70 y 80, al que se unieron posteriormente más artistas, entre ellos Raimundo Amador.

 

«Tuvo siempre el don de la gracia y el compás en su cuerpo. Sus movimientos lucían tan naturales que parecían improvisados requiebros»

 

Requerida por los grandes artistas del momento: Camarón, Antonio Canales y Paco de Lucía son letreros luminosos en su vida artística. Su infancia y su juventud transcurren unidas a Lole y Manuel. Aparece en Rito y Geografía del Cante, dirigido por Velázquez Gastelu. Ricardo Pachón la llama para incluirla en el documental El Ángel. Más tarde, Alfredo Mañas la requiere para realizar el musical de teatro Los tarantos, que se estrena en Barcelona. Y así podríamos seguir en un recorrido artístico inacabable. Carmelilla guarda la tradición sin renunciar a nuevas formas de expresar el flamenco.

Tuvo siempre Carmelilla Montoya el don de la gracia y del compás en su cuerpo. Sus movimientos lucen tan naturales que parecen improvisados requiebros, aunque detrás hay un trabajo que agradecer a la técnica y al ensayo serio y concienzudo. Ella amplía sus conocimientos, que aprende observando a las bailaoras del momento, como Manuela Vargas, a la que admira. El flamenco estaba en un momento de gran auge y protección del concepto más clásico y ortodoxo, como ustedes quieran llamarlo. Sin embargo, jamás dos bailes de Carmelilla fueron idénticos. Su fuerza interior la llevaba a sentir y a dejarse llevar por sus sentimientos en cada paso, en un rito de plena libertad y absoluta transmisión con el público, cómplice de su lenguaje. Y es que Carmelilla parece cantar con el cuerpo. Fiel a sus principios ella misma confiesa que “el baile tiene que salir de alma y transmitir”.

 

Carmelilla Montoya, trianera de honor

Los teatros, los tablaos, los festivales, las fiestas, se abren para ella, y el mundo por recorrer con importantes actuaciones en Japón. Un país donde sentirse como en casa, aunque nadie puede explicar por qué. Bailaora de pasos cortos y elegantes, de belleza gitana y perfil flamenco. Sus desplantes han quedado inmortalizados en miles de imágenes dignas de los mejores pintores. Y, así paso a paso, esta trianera de honor, galardón que comparte con su madre, ha forjado una de las trayectorias artísticas más completas. A su manera, sin encorsetamientos, sentida y vivida. Documentales, vídeos y grabaciones han dejado fiel testimonio de los valores por los cuales Carmelilla Montoya merece no solo este homenaje que le brinda el Festival Flamenco El Melocotón, de Villaverde del Río, sino los que ya ha recibido y los que aún vendrán en el futuro.

Demasiado pronto la vida le ha puesto por delante un difícil reto, no sin antes haber sido esposa y madre. No hay para ella mayor orgullo que el de ser madre. Mujer luchadora, una guerrera sin saberlo, acostumbrada a pelear con el baile y con la vida y a salir adelante en cualquier situación. En ese noble control de su vida, sabemos que ella surgirá de nuevo para llenar el escenario de movimiento, luz y color con el vuelo de su bata, con sus manos ávidas pintando caracolas en el aire, y al compás de la música de su taconeo, para darle al flamenco nuevos días que escribir en su historia.

 

«Bailaora de pasos cortos y elegantes, de belleza gitana y perfil flamenco. Sus desplantes han quedado inmortalizados en miles de imágenes dignas de los mejores pintores»

 

Dicen que una artista es aquella que manda en el escenario. Carmelilla no solo manda. Carmelilla llena todo el escenario de esquina a esquina haciendo suyo el espacio. Porque ella es una diosa en ese olimpo donde el flamenco no tiene explicación posible. Con toda suerte de acierto, ya tiene un merecido espacio en la enciclopedia del baile flamenco como una de sus mejores representantes del siglo XX y también del siglo XXI.

Como artista completa, también es maestra, acompañada de Juan José Amador. Carmelilla pronto empieza a dar clases a niñas y jovencitas que quieren aprender de ella todo, hasta lo que no se puede aprender, si la naturaleza no te lo quiere dar. Hoy los dos imparten sus enseñanzas en la Fundación Cristina Heeren, en la castiza calle Pureza.

Carmelilla se ha atrevido con todos los palos del flamenco: desde la seriedad de la soleá y la seguiriya hasta las más festeras bulerías, pasando por alegrías, tangos y otros. Todos sus bailes llevan impreso el sello de la Familia Montoya. Porque ella es bailaora de tradición, de saga familiar, de escuela, de sangre, transmitiendo toda su fuerza, esa fuerza femenina que no es posible comparar con nada.

Ahora es una mujer renovada. Como un martinete fragüero, a fuerza de golpes la vida te va moldeando. Pero aquí estás esta noche, con ilusión, con alegría, rodeada de tu familia, de tu público que te adora. Transformada en una mujer más fuerte y, sin embargo, con la misma humildad y la misma bondad que te han caracterizado desde chiquitita. No se puede tener mejor corazón y un alma más pura, Carmelilla Montoya.

Esta noche todos los presentes queremos ser quienes te transmitamos a ti todo nuestro sentimiento y todo nuestro cariño. Este escenario es tuyo, para que pintes en él lo que tú quieras. Nosotros solo sabemos decírtelo de un modo. Con este aplauso que es la firma de la admiración de tu público.

 

Carmen Arjona

 

 

 

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