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Las lágrimas de cera de Lebrijano

No se me ocurre mejor tiempo que la Cuaresma para hablar de esta maravilla que vio la luz expirando el siglo XX. Álbum temático y conceptual, 'Lágrimas de cera' se apoya en lo flamenco, pero son los músicos orientales y el coro femenino de voces búlgaras los que otorgan a este disco de Juan Peña El Lebrijano su personal sonido.


No se me ocurre mejor tiempo que este de la Cuaresma para hablar de esta maravilla que vio la luz expirando el siglo XX de nuestra era. Cuando ya creíamos que El Lebrijano se había convertido al Islam de tanto andar con los músicos arábigos, va y nos regala su particular visión sobre la Pasión de Cristo según Andalucía. Ninguno de los acercamientos que desde el flamenco se han hecho al mundo de la Semana Santa –usualmente intentándolo mezclar con la música procesional– tienen la enjundia y originalidad de esta obra maestra que no es, sin embargo, tan conocida como otras de su autor.

 

Álbum temático y conceptual –tal que la mayoría de los suyos, como Tierra, Encuentros o Persecución–, Lágrimas de cera se apoya, como no podía ser de otro modo, en lo flamenco. Pero son los músicos orientales y el coro femenino de voces búlgaras los que otorgan a este disco su personal sonido. Digamos que “revisten” algo intrínsecamente jondo. Con los primeros se indaga en las raíces –orientales también– del Cristianismo, mientras que con las segundas se continúa por la senda –otra más– abierta por Morente un año antes con Lorca, y que luego retomaría Arcángel en Al Este del cante. Los textos, de una importancia capital, los debemos fundamentalmente a la hija de Juan, Anabel Peña, pero también hay cosas del inconmensurable poeta sevillano Antonio Machado y del compositor, onubense de Paymogo, Casto Márquez. Son letras que oscilan entre lo bíblico y lo folclórico, llevándonos desde el yermo Gólgota de Jerusalén hasta la esquina de cal donde se mece un palio en cero coma dos. Con la coctelera a punto, el ingrediente definitivo lo ponen la voz redonda y la ancestral sabiduría de un Lebrijano imperial, que aborda con la templanza de su magisterio cada uno de los cantes, tanto los más festeros como los más recios, que de todo hay en esta viña del Señor.

 

Se abre el disco con el tema Eclipse, un breve introito inspirado en el texto evangélico que narra los fenómenos que se produjeron tras la muerte de Cristo. La magnífica guitarra de Antonio Moya apunta tímidamente una bulería, pero los violines del Faiçal se escapan por paisajes lejanos, meciendo dulcemente la potente voz de Juan Peña. Este Eclipse es la introducción que nos adelanta la temática y el sonido del resto de la obra.

 

La sentencia es el estremecedor segundo corte, con aire de pregón y sobre un envolvente colchón armónico de voces, cuerdas y flautas eslovacas. Como un sanedrita en presencia de Pilato, Lebrijano canta y cuenta el escalofriante relato de una condena a muerte.

 

Para quitar un poco de hierro al asunto, llega Nazareno, sobre el polirritmo del tanguillo de Cádiz, compás sobre el que Juan gustaba tanto de dialogar con los músicos árabes. Primera aparición también del coro de voces búlgaras, que canta los versos populares a los que Machado hace referencia en La saeta: “¿Quién me presta una escalera/ para subir al madero?”. El resto de las coplas están escritas por Anabel Peña, que en clave de Rafael Montesinos nos habla de El rito y la regla que cumple el nazareno andaluz al revestirse. Los estribillos corales flamencos y el aire festero del tema subrayan esa contradictoria alegría que se siente en el Sur al vestir la túnica: la gloria de la penitencia.

 

 

«Ninguno de los acercamientos que desde el flamenco se han hecho al mundo de la Semana Santa tienen la enjundia y originalidad de esta obra maestra que no es, sin embargo, tan conocida como otras de Juan Peña El Lebrijano»

 

 

Y llegamos a la pieza que para mí es el meollo del disco: Lágrimas de cera. La introduce el evocador sonido de una cerilla al encenderse. Suena también la guitarra flamenquísima de Antonio Moya, por bulerías, y el violín de Faiçal, que lo colorea todo de exotismo. Las letras de Casto Márquez –conmovedoras, y de una actualidad desgraciadamente apabullante– son un poema en sí mismas. Y Lebrijano las canta dejándose el alma y rompiéndose al final, para dejar a la guitarra acompañando la voz en off de un capataz de cofradías que arenga a compás a su cuadrilla y que levanta el paso cuando el tema fenece. Tremendo. Digno sin duda de ser el corte que bautiza el disco.

 

Romero santo se llama una nueva bulería, en un ritmo mucho más vivo y marcado, más identificable con el aire de Lebrija. Las cuerdas y las voces búlgaras (“arsa y toma” incluido en el fade out final) crean sorprendentes efectos en este número. Y su texto autobiográfico habla de la costumbre de Bernardo, el padre de Juan, de cortar romero, esa planta con tanto simbolismo para el pueblo gitano, en la proximidad de la Semana Santa.

 

Vuelta a la gravedad con La profecía. Gravedad extrema. Extremo patetismo. Con un aroma muy similar al de La Sentencia, el cante descarnado del “profeta” Lebrijano se superpone al turbador sonido de una respiración humana, que nos sugiere la de un crucificado. Al “experimento” se van sumando las percusiones y el coro búlgaro. El resultado es sencillamente impresionante.

 

Seguimos con Saeta al cantar, que comienza en el mismo tono trágico que el anterior corte. Lo introduce una obertura cantada sobre efectos vocales entre los que se adivinan desconcertantes risas femeninas. Pero, sin abandonar el tema, irrumpe una percusión por tanguillos que suaviza el ambiente para que Juan, secundado por las voces búlgaras jugando con el ritmo, cante los célebres versos de Machado, en una versión muy alejada de la famosa de Serrat, que también cantó Camarón.

 

Siete dolores es una impresionante seguiriya y saeta por seguiriya, dichas sobre el inquietante sonido del látigo, otro más de los efectos que distinguen la misteriosa atmósfera que envuelve toda esta obra.

 

Bulería y alboreá –el cante de las bodas gitanas– en un carácter muy festero ponen el necesario contrapunto en Como del cielo al Rocío, donde Juan se pone el terno negro de capataz para mandar a compás una imaginaria cuadrilla cuyos pies escuchamos rachear entre los vericuetos de la música, donde también suenan los imponentes tercios de una saeta por carcelera. A la Virgen de las Angustias, de la Hermandad de los Gitanos de Sevilla, que procesiona en la Madrugá del Viernes Santo, está dedicado este corte.

 

Pena de madre es nada más y nada menos que una señora saeta por seguiriya. A palo seco. Sin adornos. A la manera más corta, más directa y más gitana.
Pero si todo el disco es –como nuestra Semana Santa– un toma y daca continuo entre el dolor y la esperanza; y si dicen los Evangelios que Jesús resucitó al tercer día, este Lágrimas de cera no podía acabarse en la oscuridad de un sepulcro, sino que tenía que terminar Sonando a gloria, un fragmento cantado del Credo donde Lebrijano insiste en que Cristo padeció “sobre” el poder de Poncio Pilato. Desemboca en un sonido de “campanas humanas” y en una frase que resume todo lo anterior: “Están sonando a Gloria las campanas de San Juan de Dios”. ¡Gloria eterna para Juan Peña El Lebrijano!

 

Texto: Javier Moyano

 

 

 

 


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