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Con una copla de más: el infinito amor a la madre

Junto al amor a la compañera, otro eje temático del Flamenco es, sin lugar a dudas, la madre. Repasamos buenos ejemplos, y hay cientos, del amor infinito a la madre que podemos ver en las coplas flamencas.

Junto al amor a la compañera, otro eje temático del Flamenco es, sin lugar a dudas, la madre.

 

C­u­a­ndo se murió mi mare,
la tierra tembló aquel día,
y mi pare atribulao
me miraba y me decía
el fin del mundo ha llegao.

 

El poeta Luis Rosales, en Esa angustia llamada Andalucía, comenta esta inclinación del Flamenco hacia el tema de la madre. Para Rosales, este tema es “el tuétano del flamenco”, pues el cante jondo “es un diálogo con la maternidad, un retorno al origen”. El escritor atribuye a la madre los siguientes valores: la importancia (que confiere valor a la vida); la seguridad (para afrontar el mañana); la vinculación o solidaridad (para aprender a convivir); y lo originario (que permite a la vida recrearse continuamente). Cree por último Rosales que “la asombrosa y mítica ampliación de la maternidad en el cante flamenco es una consecuencia de la cultura de los gitanos, pero también, y sobre todo, de su tristeza secular de raza perseguida y pueblo pobre”.      

 

Este amor llena casi completamente el mundo trágico y solemne de la seguiriya. La madre, mare o bata es querida por buena, capaz de sacrifi­carse por sus hijos:

 

Maresita mía,
qué buena gitana,
de un peasito de pan que tenía
la mitá me daba.

 

Por su afecto sin límite, simbolizados en esta copla en los besos de la madre, ese bálsamo que tanto nos aliviaba en la infancia:

 

Ca vez que m’acuerdo
d’quellos besos de la mare mía,
yo el sentío pierdo.

 

Besos que son los verdade­ros, los que nunca traicionan ni se compran:

 

No se compran por dinero
los besos verdaderos,
no se compran por dinero;
que los besos verdaderos
son los que una madre da
y esos no cuestan dinero.

 

Aquí lo canta Diego El Cigala:

 

 

 

 

Las dos siguientes son concluyentes, definitivo resumen del grandísimo amor por la madre:

 

A la mare de mi alma
lo que la camelo yo:
siempre la tengo metía
dentro de mi corazón.

 

Por soleá lo cantan muchos, como Pepe Pinto:

 

 

 

Maresita mía,
en un laíto e mi corasón
te traigo metía.

 

En la voz soberbia y maestra de Antonio Mairena queremos recordar esta otra, por tientos:

 

Un céntimo le di a un pobre
y me bendijo a mi madre;
para limosna tan chica,
qué recompensa tan grande.

 

 

 

Por la madre se puede hacer lo más inverosímil o entregar lo más preciado, la prenda más querida. El autor de la copla flamenca lo dice de esta forma, no sin cierta truculencia:

 

Por ver a mi mare diera
un deíyo de la mano,
er que más farta me hisiera.

 

O de esta otra, donde el hijo es el que asume este papel de amor total:

 

Se lo peí yorando
a la vinge de er Carmen,
que me quitara a mí la salú
se la dé a mi mare.                                               

Penas tie mi mare,
penas tengo yo,
y las que siento son las de mi mare
que las mías no.

 

La madre espera el regreso del hijo cuando éste afronta un riesgo, como vemos en esta letra de un taranto que con tanta profundidad canta Antonio Núñez El Chocolate:

 

Cuando salgo de la mina
siempre yo la encuentro llorando
a la probe mare mía
en la puerta está esperando
pa ver si salgo con vía.

 

Es frecuente que se le divinice, se le coloque en un altar, se le compare –en belleza, en bondad, o en ambas cosas– con la misma Virgen. Vayamos a un caso concreto, el sentimiento religioso y maternal, mezclados en el mítico Macandé, en glosa de su biógrafo Eugenio Cobo: «Dada la condición de Gabriel, es una poderosa tentación establecer parangón entre sus dos devociones, la Virgen –su Virgen– y la madre –su madre–, las dos igualmente religiosas, las dos igualmente filiales, las dos igualmente buscando protec­ción. Las más de las veces que salía a vender le pedía la bendición a la madre».

 

Cobo nos transmite a continuación esta copla:

 

A mi mare,
tengo una santa en mi casa
que se parece a mi mare.
Es tanta la semejanza,
que ni el mismo Dios lo sabe
quién es mi mare o la santa.                                        

 

Cobo recuerda lo siguiente: El 10 de agosto de 1930 muere Josefa Fernández Heredia, madre de Gabriel. Con esta ocasión vuelve a Cádiz. Una vez más se siente desamparado y por eso canta:

 

Qué solitos nos quedamos
cuando mi mare se moría;
qué solitos nos quedamos.
De la casa donde vivía
a la calle nos tiraron,
a la clemencia divina.

 

O podemos acudir a otra muy conocida, que canta, por ejemplo, Rosalía (no la de Triana) por malagueña, del disco Los ángeles, de 2017, tema con más de un millón de visualizaciones a fecha de julio de 2022:

 

A llamarme,
eran las dos de la noche,
vino mi hermano a llamarme,
despiértate, hermano mío,
que se ha muerto nuestra madre
y quedamos huerfanitos.

 

 

Buenos ejemplos, y hay cientos, del amor infinito a la madre que podemos ver en las coplas flamencas.

 

Imagen superior: Foto de Vince Fleming en Unsplash

 

 

→  Ver aquí las entregas anteriores de la serie Con una copla de más, de José Cenizo.

 

 

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Paradas (Sevilla), 1961. Licenciado y doctor en Filología Hispánica. Aficionado gracias a ver de joven en directo a Miguel Vargas. Autor de varios libros de investigación de flamenco y de coplas flamencas. Colaborador de varias revistas de flamenco. Da gracias a la vida por conocer, un poco, y amar, mucho, el flamenco.

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