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Dolores de ausencias en La Puebla de Cazalla

Tras cinco lustros de las defunciones de Francisco Moreno Galván y Dolores Jiménez Alcántara 'La Niña de la Puebla', lo habitual sería que la memoria reclamara miradas concretas que desencadenaran justicia. Pero no. En el mundo del flamenco no hay peor subjetividad ni gesto más amnésico que la ojeada pretérita.


En un año cargado de efemérides relacionadas con grandes nombres que favorecieron al prestigio de lo jondo, acogemos la sorpresa de las programaciones institucionales con estupor, pero también con exasperación, sobre todo cuando la relacionamos con la frustración de las expectativas.

 

Los cenáculos flamencos son muy dados a eludir aquellos nombres que han aportado un valioso testimonio de vida vivida con los ojos abiertos. Y no lo digo en sentido figurado cuando me refiero a La Niña de la Puebla, una voz olvidada que, al parecer, no todos hemos consolidado en la memoria, algo que está siendo habitual en la cultura flamenca de este tiempo, que año tras año amenaza con disolverse y dejar en el limbo los recuerdos irrepetibles que conforman una vida.

 

El próximo 14 de junio se conmemora el 25º aniversario del adiós de La Niña de la Puebla, ocurrido una semana antes de la despedida de este mundo de Francisco Moreno Galván, otro ilustre morisco sin cuyo concurso sería imposible configurar la identidad jonda de La Puebla de Cazalla.

 

Ambos aniversarios me han espoleado a consultar en la web de la Junta de Andalucía la programación de la LV Reunión de Cante Jondo, a celebrar del 5 al 13 de julio, y hago de menos temáticas que aborden las Bodas de Plata de los ausentes, como si se desconociera su paradero o se abandonaran los recuerdos, cuando la memoria se manifiesta en las evocaciones, que, a la larga, son los fundamentos de nuestra identidad.

 

A ambos los tengo muy presentes. A Francisco lo considero como el mayor artista del expresionismo andaluz, el que más cabalmente ha reflejado en el arte el universo dramático de lo jondo.

 

Así lo recordábamos aquel 21 de junio de 1999, no más conocer que a las siete y media de la tarde nos dijo adiós por mor de una parálisis cerebral. Se encontraba en su domicilio, en su travesía de la Molineta, de La Puebla de Cazalla, y, calladamente, para no molestar ni siquiera al advenimiento de la canícula, nos dejó en la mudez de tristes silencios uno de los más firmes puntales de la comunicación flamenca.

 

Con tan ilustre calvo universal como Picasso, Antonio Mairena o Rafael el Gallo, tuvimos en 1983 unas vivencias extraordinarias en Granada durante el XI Congreso Nacional de Actividades Flamencas. Comprometido con su pueblo en lo urbanístico, bifurcó su ideario entre la pintura y la poesía. Escribía como pensaba, y todo lo sacrificó por el flamenco con la creación de la Reunión de Cante Jondo.

 

 

«Francisco se fue alejando, con su ojo tapado, y no vio crecida su reputación hasta que el rumor de sus recuerdos llegó envuelto en el aroma de los nardos muertos. Dolores se ausentó después de quedar condenada desde niña por la ceguera de un maldito colirio prescrito por un médico negligente. Han pasado 25 años, y enfrente todo sigue confuso»

 

 

En 1992 ilustramos en Paradas su homenaje junto a José Mercé. Meses después de su fallecimiento, dedicamos a su memoria la XXVII Noche Flamenca Ecijana. En 2016 le rendimos honores en Algeciras, y en 2023 clausuramos el curso de la Real Academia Vélez de Guevara abordando la vida y obra de quien siempre tuvimos como el predicador de una estética, la morenogalvanía, que tanto contribuyó a que La Puebla de Cazalla figurara de por siempre en el mapa del arte.

 

De La Niña de la Puebla conservo, igualmente, muchas vivencias porque compartimos escenarios en numerosas ocasiones. Pero aparte de que en cada encuentro me cautivaba con sus grandes inquietudes por la lectura y la cultura en general, hay un hecho que nos dejó marcado a todos sus amigos, seguidores, compañeros y aficionados. Y lo relato.

 

La Niña de la Puebla se despidió de todos cantando por soleá. Ella falleció en Málaga el 14 de junio de 1999, pero el sábado anterior, el día 10, estuvo en la Peña Flamenca de Huelva para recibir un homenaje. Minutos antes había comentado que le gustaría morir en el escenario, y no estaba previsto en absoluto que cantara, aunque sí lo hicieron sus hijos, Adelfa y Pepe Soto, con la guitarra de Paco de Antequera.

 

No obstante, cuando subió al escenario, Dolores no encontró mejor forma de agradecer el homenaje que regalarle a los presentes un cante por soleá. Pero hete aquí que, no más arrojar luz sobre las oscuras melodías lebrijanas (El querer que te tenía / era poquito y ya se acabó. / Era un castillo mu chico / y el viento se lo llevó), cayó al suelo, fue atendida por dos amigos Manuel López Martín, alias El Málaga, y por el socio y médico Eduardo Fernández Jurado, con lo que hubo de ser trasladada de inmediato a un centro hospitalario, al Juan Ramón Jiménez concretamente.

 

La dolencia, como el equipo médico dio a conocer a sus seres más cercanos, revestía una gravedad extrema, por lo que fijaron de inmediato rumbo a Sevilla, al Hospital Virgen del Rocío. La situación amenazaba lo peor, de ahí que se produjera el urgente traslado al Hospital Carlos Haya, de Málaga, donde, a causa de una embolia cerebral, falleció a las cinco y veinte de la tarde de aquel 14 de junio de 1999.

 

Dolores se despidió, pues, de este mundo en Málaga, donde residía desde 1942, y lo hizo con el cariño, el respeto y la admiración de todos, ya que no cabe duda que en sus años de vida artística el mundo flamenco reconoció la actitud imperturbable de esta gran señora del cante, a la que todos tuvimos como portadora de los sentimientos más humanos del pueblo andaluz.

 

Llegados a estos cinco lustros de la defunción de Francisco y Dolores, lo habitual sería que la memoria reclamara miradas concretas que desencadenaran justicia. Pero no. En el mundo del flamenco no hay peor subjetividad ni gesto más amnésico que la ojeada pretérita. Tenemos dos conmemoraciones de Bodas de Plata a la vista y las debiéramos de aceptar como evidentes. Empero, nada más indescifrable que mirar a los ojos que reflejan lo que llevamos dentro.

 

Francisco se fue alejando, con su ojo tapado, y no vio crecida su reputación hasta que el rumor de sus recuerdos llegó envuelto en el aroma de los nardos muertos. Dolores se ausentó después de quedar condenada desde niña por la ceguera de un maldito colirio prescrito por un médico negligente. Han pasado 25 años, y enfrente todo sigue confuso.

 

Imagen superior: portada del cedé ‘Con personalidad propia’

 


De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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