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Jerez de la Frontera, visión de futuro

El XXVI Festival de Jerez cumple sus bodas de plata con el orgullo de promover iniciativas, incentivar propósitos y diseñar proyectos con tal esmero que la divulgación y promoción de lo programado reporta nuevos significados culturales a la ciudad.

María Moreno. Teatro Villamarta, Festival de Jerez 2020. Foto: Javier Fergo

No conozco mayores instrumentos de transformación social que la educación y la cultura, procesos dinámicos que en los últimos veinticinco años se han convertido en el eje vertebrador de la vida flamenca jerezana, a raíz, sobre todo, del nacimiento del Festival de Jerez, evento que conozco desde sus comienzos y que por ello puedo declarar que ha sido determinante en el fomento de valores como la tolerancia por el otro, en el contacto con artistas y aficionados de todo el mundo, en la reactivación económica de la ciudad y en lo que se me antoja prioritario desde el punto de vista artístico: contribuir al desarrollo de otras formas de comprensión y creatividad.

 

El ser en la actualidad el crítico decano de este festival me permite examinarlo desde distintos enfoques vividos –dancístico, musical, formativo, actividades complementarias, etc.–, y si ha logrado implicar a las instituciones públicas, el tejido asociativo, la empresa privada y la capacidad de bailaores/as para crear, desarrollar e interpretar ideas, es porque después de cinco lustros ha ensanchado la mente y el espíritu de la sociedad, esto es, ha cambiado el concepto de cultura flamenca en Jerez de la Frontera.

 

Por aquellos pagos de 1997, el concepto de erudición se refería al conocimiento de la realidad e incluso de los hábitos, que no al proceso de mejoras. Eso sólo estaba en la mente de su primer director y creador, Francisco López. Con el tiempo, se fue ampliando el significado hasta relacionarlo con la inteligencia y el espíritu del creador en danza. Y a día de hoy, ya se asocia no sólo a la programación del Teatro Villamarta, sino a las manifestaciones y costumbres propias de todos los individuos que, aunque heterogéneos, nos reencontramos en Jerez para tomar el pulso al baile del siglo XXI.  

 

Para dejar de hablar a su ombligo de su propio ombligo, el jerezano que vivía ajeno a la alta globalización tuvo que mudar el concepto de lo externo a él por un cambio de mentalidad interna, dinámica que, a mi modo de ver, no principia hasta la tercera edición del festival. Previamente, en aquellos días primaverales de 1997, escribíamos del amigo y maestro Mario Maya al tiempo que anticipábamos en Teatro Público, la revista que editaba la Fundación Teatro Villamarta, lo que habría de venir: “El Festival de Jerez, una apuesta por el baile flamenco”.

 

 

«Jerez de la Frontera recoge un año más los frutos que sembró con amor en 1997 pero con visión de futuro desde 1999. Enhorabuena, porque la constancia y la buena gestión le hizo competir con sus homónimos, fue esclava de sus sensaciones, vació de ideas a los dioses del Olimpo»

 

 

Y es que Jerez no sólo iba progresivamente acogiendo el mayor encuentro mundial de baile con lo más granado de la danza contemporánea y con una programación escénica de calidad desde la perspectiva de distintos formatos, sino que apostaba por convertirse en el referente nacional e internacional del baile flamenco y la danza española, al par de anticiparse paulatinamente al futuro pero no eliminando la pluralidad, sino dando un golpe de gracia a la integración de un modelo multiculturalista y, obviamente, haciéndola de forma óptima con las diversas culturas presentes en la sociedad. 

 

Como así fue. Tuvimos que esperar a tan sólo la tercera edición, la de 1999, cuando un jurado conformado por José Granero, Miguel Narros, Manolo Sanlúcar, Matilde Coral, Ángel Álvarez Caballero, Manuel Herrera, Javier Latorre y quien firma –perdonen la inmodestia de la cita– apoyó sin medias tintas a la creación a través del I Certamen Coreográfico, cuyo primer premio, valorado en un millón de las antiguas pesetas, fue a manos de Fernando Romero merced a un proyecto coreográfico en el que se atendió a cada uno de los elementos que intervienen en su composición, tal que coreografía, música, escenografía, vestuario e iluminación.

 

A la sazón el festival no contaba con la participación de la Junta de Andalucía, presidida por Manuel Chaves, del Partido Socialista Obrero Español, ya que el alcalde de Jerez era Pedro Pacheco, del Partido Andalucista. Primaba, como es habitual en España, el partido al interés general. Pero con un presupuesto de sólo 89 millones de pesetas –cifra ridícula frente los asientos contables de la Bienal de Sevilla, casi tres veces superior–, la Fundación Municipal Teatro Villamarta arriesgó muy seriamente por encontrar nuevos caminos estéticos y expresivos para el flamenco venidero.

 

Habíamos premiado a Fernando Romero por su obra Eco flamencomorfológico de Johann Sebastián Bach, un montaje musicado por Paco Arriaga, quien por cierto consiguió una mención especial por sus composiciones, donde el astigitano adaptó las suites de Bach a la estética flamenca, con lo que Romero, según nuestras notas de campo, hacía una apuesta estremecedora, ya que el síntoma que despertaba era la ebullición, la alteración radical que sufre nuestra percepción de lo dancístico.

 

 

«Jerez es hoy la capital mundial del flamenco para asombro del mismísimo Víctor Hugo, el poeta y novelista romántico francés que hizo exclamar a Apóstolos: “Jerez de la Frontera es una ciudad que debía estar en el Paraíso”»

 

 

Alternando danza contemporánea con flamenco, Romero se apoyó en dos bailaores, Miguel Corbacho y Rafael del Pino, y un bailarín, Paco León, a fin de reclamar la atención hacia esas zonas de la experiencia personal, tan barroca y supermecanizada, y estimular tanto la imaginación surrealista de Dalí como lo impensable en el baile: la malagueña de Gayarrito, que por primera vez se bailaba en la historia.

 

Jerez se decantó por el riesgo y la apuesta de la creatividad. Aquel paso fue decisivo para que a partir de entonces el Festival se proyectara al futuro, tanto como lo corrobora la biografía de Fernando Romero, que sería el primer bailaor/bailarín de la historia del flamenco y la danza española en ganar el Premio Benois de la Danse (Oscar de la Danza) en 2011. Comenzó la organización a concebir, diseñar y elaborar una realidad que para algunos estaba más allá de sus logros, para otros aparentaba ser imposible y para quienes querían poner su capacidad de innovación e imaginación al servicio de la cultura, ser creativo era adaptar la realidad histórica de una de las ciudades más flamencas de cuantas son, transformarla y mejorarla para su propio beneficio.

 

Por aquel tiempo la Bienal de Sevilla se reservaba el estreno de los espectáculos, que para eso contaba con las subvenciones del Gobierno de España, la Junta de Andalucía, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento. A medida que la gestión cultural avanzaba, antaño con Francisco López y después con Isamay Benavente, mano derecha del anterior que desembarcó en Jerez después de su dilatada carrera en la producción del Centro Andaluz de Danza, que fue luego responsable de producción del espacio escénico en el Teatro Villamarta y que asumió el relevo en la dirección del Festival en 2008, Jerez presentaba los estrenos que más tarde desembarcaban en Sevilla.

 

Sin dejar de preservar la memoria colectiva y la conservación de los bienes identitarios de la ciudad en la programación estival, el XXVI Festival de Jerez cumple este año sus bodas de plata con el orgullo de promover iniciativas, incentivar propósitos y diseñar y realizar proyectos culturales con tal esmero que la divulgación y promoción de lo programado reporta nuevos significados y valores culturales a la ciudad.

 

Del 17 de febrero al 5 de marzo, Jerez de la Frontera recoge, pues, un año más los frutos que sembró con amor en 1997 pero con visión de futuro desde 1999. Enhorabuena, porque la constancia y la buena gestión le hizo competir con sus homónimos, fue esclava de sus sensaciones, vació de ideas a los dioses del Olimpo y hoy es la capital mundial del flamenco para asombro del mismísimo Víctor Hugo, el poeta y novelista romántico francés que hizo exclamar a Apóstolos: “Jerez de la Frontera es una ciudad que debía estar en el Paraíso”. Punto final.

 

Imagen superior: María Moreno. Teatro Villamarta, Festival de Jerez 2020. Foto: Javier Fergo

 

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De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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