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Jerez, epicentro y custodio

El nuevo ensayo de Manuel Bernal Romero, ‘Los orígenes del flamenco. Amanecer de Jerez y los Puertos’, pone el foco en la ciudad gaditana para abordar una misión imposible: la reconstrucción de la génesis del arte jondo más allá de los mitos al uso.


Desde siempre, una de las grandes obsesiones de los estudiosos del flamenco ha tenido que ver con sus orígenes. Los han buscado con el denuedo con que los exploradores antiguos buscaban las fuentes del Nilo. El ser humano es un animal narrativo, y no puede vivir plenamente el relato si le falta el principio, la semilla, el érase una vez.

 

En el caso del flamenco, sin embargo, no existe ni siquiera el consuelo de un big bang, un fulgor que genere el todo a partir de la nada. Apenas podemos ensayar aproximaciones, invocar algunos nombres de lejanos precursores, aunque sean eslabones de una cadena mucho más larga. Toca rendirse, pues, a la evidencia de que la génesis del arte jondo responde a un proceso lento, complejo y, mucho nos tememos, condenado al misterio.

 

No pretende tanto Manuel Bernal Romero aportar grandes revelaciones a este respecto, como asirse a algunas certezas. Los orígenes del flamenco. Amanecer en Jerez y los Puertos, su libro recién aparecido en la editorial Renacimiento, hace repaso de algunas de las principales teorías esbozadas en torno al asunto que nos ocupa, al tiempo que subraya la condición de cuna del flamenco de la bahía de Cádiz, y el protagonismo de Jerez en el proceso de cristalización del mismo y de profesionalización de los intérpretes.

 

Las fuentes que maneja este autor de Los Palacios y Villafranca (Sevilla) son, en gran medida, la de los poetas que desde los años 70, cuando la flamencología era un erial, se interesaron por la investigación y divulgación de lo jondo –Caballero Bonald, Félix Grande, Manuel Ríos Ruiz, Velázquez-Gaztelu…–, combinadas con textos de otros autores añejos y nuevos. A través de ellos va reconstruyendo, dentro de lo posible, las circunstancias que componen el caldo de cultivo primero de nuestro cante, claramente marcado por la esclavitud, la marginación y el racismo.

 

 

«Algunos detalles podrán ser más o menos impugnables, pero en su conjunto dibuja un escenario verosímil y consistente de la cuestión central. Aquel que se asome a estas páginas no podrá evitar sonreírse más de una vez al pensar lo poco que han cambiado algunas cosas en los dos siglos de existencia del flamenco, ese misterio que nos acompaña»

 

 

Ahí comparten protagonismo, unidos en la desdicha y la persecución, los moriscos, los judíos, los gitanos y los esclavos de toda procedencia, subrayando Bernal Romero la importancia –tantas veces escatimada, pero cada vez más reivindicada– de los negros libertos en la formación de este magma musical. Una vez expulsados los moriscos por orden de Felipe III, parece que es el turno de los gitanos, sobre todo cuando, el 28 de junio de 1619, una nueva disposición real les obliga a abandonar “nuestros reinos” o, al menos, limitar considerablemente su actividad y reprimir sus señas identitarias. En estas circunstancias, el autor especula con la posibilidad de que el mismo término flamenco sirviera para diluir, a modo de eufemismo, el peyorativo (y temerario para quien lo ostentara) gitano, aunque no descarta otras de las conocidas hipótesis sobre el origen de la palabra, que tanto juego llevan dado.

 

Hay en este ensayo claro y nada dogmático otras líneas de interés para el lector que quiera iniciarse en la materia, o el que ya iniciado quiera ahondar en ella. Por ejemplo, el análisis de la alta concentración de comunidades gitanas en la Baja Andalucía entre los siglos XVI y XVIII, haciéndose las gitanerías especialmente populosas en las proximidades de los presidios, lo que explicaría la fecundidad de una villa como El Puerto de Santa María. Pero, sobre todo, se incide en Jerez como epicentro y custodio de las esencias, gracias al poderoso celo de un puñado de familias y su transmisión del legado de generación en generación. Triana –aquí no faltará quien alce su voz para abrir la polémica– aparece como receptora inicial del talento, “el centro de recogida”, pero no de producción en un primer término.       

 

También se detiene el autor en la drástica bifurcación de estilos que encarnaron, respectivamente, Antonio Chacón y Manuel Torre, dos jerezanos que representan sendas escuelas fundacionales que todavía hoy tienen sus feligreses, la agachonada y estilizada del primero, y la recia y telúrica del segundo; aporta citas tan enjundiosas como de Cantaores andaluces. Historias y tragedias de Guillermo Núñez del Prado (1904), rescatado de los fondos de la universidad de Michigan; y concluye con una serie de breves ensayos en torno a la figura de Federico García Lorca –de quien Bernal Romero se había ocupado en Federico García Lorca o la concepción flamenca del flamenco y varios estudios sobre la Generación del 27– y su relación con Jerez. Y trata de desvelar por qué el genio de Fuentevaqueros nunca citó al Papa Chacón.  

 

Se trata, en definitiva, de una lectura grata y estimulante, algunos de cuyos detalles podrán ser más o menos impugnables, pero que en su conjunto dibuja un escenario verosímil y consistente de la cuestión central. Además de aprender algunas cosas, aquel que se asome a estas páginas no podrá evitar sonreírse, más de una vez, al pensar lo poco que han cambiado algunas cosas en los dos siglos de existencia del flamenco, ese misterio que nos acompaña.     

 

 

       


Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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