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Morente y la Hispanidad: ‘Negra, si tú supieras’

El legado de Morente a la Hispanidad que hoy celebramos. 'Negra, si tú supieras' (1992) es el tributo personal de Enrique a los poetas y a la música hispanoamericana, haciéndolos convivir en el álbum con nuestros poetas y nuestra música como un todo, como un nuevo viaje de ida y vuelta cinco siglos después.


Pensando en un disco para el 12 de octubre se me viene infaliblemente a la cabeza esta auténtica joya –de las muchas del joyero morentiano– que nos regaló Enrique Morente en 1992, el año en que murió Camarón pero también en el que España conmemoró con la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos el V Centenario del Descubrimiento de América. Grabado para el sello Nuevos Medios, aglutinador de las vanguardias flamencas de la época, se vislumbra en el disco cierto aire comercial que, sin mermar su calidad, lo distinguen de otras obras del maestro quizá más graves, más profundas, donde se busca más claramente desgarrar, conmover e incluso molestar. Se sabe aquella vez que a Enrique no le gustó que su tocayo El Negri definiese como bonito un tema de Omega, porque no era esa la sensación que se buscaba despertar con aquello. Pero aquí sí. Aquí Enrique nos muestra su cara más desenfadada y amable. Y usted, paciente lector, puede que se pregunte qué tendrá que vez la Hispanidad con todo esto. Pues ahora vamos a ello. 

 

Si hay algo que define la obra de Enrique Morente es su afán por los proyectos temáticos. En sus discos, los temas no son piezas inconexas de un surtido sin sentido, sino que tienen vocación de conjunto y se incluyen en el álbum enhebradas por un mismo hilo conductor. Ese hilo puede ser una intención (Cantes antiguos del flamenco), un cantaor (Homenaje a Don Antonio Chacón), un guitarrista (Morente – Sabicas), un escritor (Homenaje flamenco a Miguel Hernández), un género musical (Allegro soleá), un pintor (Pablo el de Málaga), un lugar (Morente sueña la Alhambra) o un libro (Omega), por citar solo algunos ejemplos. Pues este Negra, si tú supieras es el tributo personal de Enrique a los poetas y a la música hispanoamericana, haciéndolos además convivir en el álbum con nuestros poetas y nuestra música como un todo, como un nuevo viaje de ida y vuelta cinco siglos después. Es un salto desde Granada a La Habana, una travesía desde la Alhambra al Caribe, una expedición desde Sierra Nevada hasta el Trópico. Es, en definitiva, la visión del maestro sobre un abrazo de civilizaciones que se fraguó en Andalucía y que supuso el hito más importante en la historia de la humanidad. Pasamos a desglosarlo por temas. 

 

Venta Zoraida (Tangos paraos) 

Con unas palmas redobladas y los palos de la batería de Tino Di Geraldo sobre el compás por tientos que le marcan las virtuosas guitarras de Pepe Habichuela y su hijo Josemi Carmona, comienza Enrique a contarnos a dos voces esta maravillosa singladura con retorno. Y la comienza, como aquella, en España. Es decir, con unos cantes del acervo clásico flamenco atribuidos al mítico Enrique el Mellizo. Como decimos, la voz de Morente suena doblada, perfecta siempre en su afinación, explorando todos sus matices y apuntando ese recurso estilístico polifónico –¿reminiscencia de sus años como niño cantor en la catedral granadina?– que el cantaor ya no abandonaría jamás y que llevaría a sus últimas consecuencias en el disco Misa flamenca, publicado solo un año antes. Enrique hace de esta forma las tres primeras letras, canta por derecho las dos últimas y repite la segunda a modo de coda para cerrar en un fade out que nos deja con ganas de más. Prodigioso. 

 

Bautizo en Campanario (Soleá) 

La atmósfera del primer tema inunda también al segundo, aunque en este damos un nuevo pasito atrás en la tradición. Es quizá el corte más clásico del disco y lleva el aroma a pan recién hecho del amanecer en las riberas del Guadaira y en las cuevas de Alcalá. La guitarra de Pepe hace una variación y la batería de Tino un corto aunque contundente apunte rítmico para desaparecer seguidamente, como el río Guadiana, hasta el final del tema, que el Habichuela remata tal y como comenzó. Pero mientras llega ese momento, Enrique nos regala dos fabulosos cantes por soleá en el estilo de Joaquín el de la Paula con letras que popularizase el gran Tomás Pavón. 

 

 

«El disco ‘Negra, si tú supieras’ es un salto desde Granada a La Habana, una travesía desde la Alhambra al Caribe, una expedición desde Sierra Nevada hasta el Trópico. Es, en definitiva, la visión del maestro sobre un abrazo de civilizaciones que se fraguó en Andalucía y que supuso el hito más importante en la historia de la humanidad»

 

 

Balada de los dos abuelos (Rumba) 

Pero no es sino hasta el tercer corte cuando se empieza de veras el diálogo con América. Y se hace con el maravilloso poema del cubano Nicolás Guillén metido en compás de rumba criolla con la inestimable guitarra del gran Paquete. Sabemos que Enrique Morente no fue Chano Lobato, pero aquí se lleva la rumba maravillosamente a su terreno, a su registro, metiendo en el ritmo caribeño, a su manera, estos sabios versos de difícil métrica. Enrique los llena de matices con su cante, los envuelve en un sonido ketamero y barbero, los aroma con aires de colombiana  y los dice con la plena conciencia de su significado (el abrazo de dos mundos con sus luces y sus sombras) para rematarlos con unos apuntes de El Manisero de Machín mientras se apagan los estribillos. 

 

Si mi voz muriera en tierra (Alegrías) 

Cádiz fue sin duda uno de los puntos clave en este trajín hispano-indiano. Y Enrique pone sus ojos en la trimilenaria ciudad de la sal para hacer en su cante por antonomasia –las alegrías– unos versos de Rafael Alberti. Sólo el fraseo de la guitarra de Josemi Carmona al comienzo nos indica que el corte va a ir por esos nuevos caminos que Enrique recreó a partir de sus clases presenciales con el maestro Aurelio Selles. La exploración de tonalidades que hace Morente por estos aires, tanto en esta como en posteriores entregas, en sencillamente inconmensurable. Tras las letras de inicio, Morente se pone a dibujar esa rosa y a describir la lumbre del sarmiento jugando con las tonalidades antes de volver a Alberti para rematar por arriba, con su voz condecorada y con la de su hija Estrella sobre el viento, cantándole al papa los tirititranes y los estribillos junto a su amiga, la niña Marina Heredia. Maravilloso. 

 

 

 

 

Tangos de la plaza (Tangos) 

La afición al toro de Enrique nunca fue ningún secreto. Pero fue la suya una mirada sobre la parte más delicada, artística y profunda de la fiesta. Aquí nos lo hace saber con estos tangos, tan extraños e inquietantes en su concepto como flamencos en su ejecución. En su texto, obra del escritor madrileño José Bergamín, aparecen dos de los máximos representantes de ese toreo delicado, artístico y profundo, como son Curro Romero y Rafael de Paula. También es una reflexión ética y estética sobre la fiesta. Todo un elenco guitarrístico de la entonces última hornada de las seis cuerdas secunda a Enrique en esta pieza. A saber: Montoyita, El Paquete, El Bola y Josemi Carmona. La mandolina de El Negri perfuma el número de esencias orientales que irrumpen en su rítmica tensa y sorpresiva sobre la que navegan los largos melismas morentianos antes de acabar de súbito con un bordonazo que nos devuelve a la realidad. 

 

Negra, si tú supieras (Rumba) 

El corte que da título al disco es también su número más desenfadado, de menor intensidad. Sobre un nuevo poema de Nicolás Guillén, vuelve Morente a cantar por rumba con el acompañamiento de los Ketama y Tino Di Geraldo. Como todo lo que hacía Enrique, este tema tampoco se ajusta a ningún esquema preconcebido. No es, por tanto, la típica rumbita que repite la formula estribillo-copla-estribillo, sino algo mucho más sui generis. El poeta vuelve a incidir con su humor antillano en el diálogo África-Cuba-Cái –como Enrique titulase un espectáculo suyo en 2002– y Morente hace lo propio con la música y el cante, añadiendo colores de las tres citadas culturas, cambios de tonalidad, coros, estribillos, recitados, incluso unos breves aunque soberbios apuntes de cante por guajira

 

El vaporcito (Siguirilla y cabal) 

Vuelve la cosa a ponerse seria con estos cantes grandes dichos a ritmo. Con la perspectiva del tiempo, el detalle que aquí tuvieron Enrique Morente y Pepe Habichuela de acelerar el compás de la siguiriya revela dos cosas: que en los tiempos de amalgama Enrique no era tan lego como algunos pensaban y que esta forma de plantear estos cantes, en su día bastante criticada, ha sido seguida por muchos que han dejado al respecto interesantes aportaciones. En cualquier caso, ahí está grabado lo que hay, dos letras por siguiriya y una por cabal, para quien quiera escucharlas. A nosotros, por nuestra parte, nos parecen un alarde de virtuosismo de Morente con su voz, de Pepe con su guitarra y de Tino con su percusión. Es impresionante cómo quedan tan perfectamente engranadas cada una de las notas musicales de esta obra maestra del cante, el toque y el compás. Y cómo refrescan la tradición estos artistas para dar actualidad, vitalidad y vigencia a lo más puro y añejo. 

 

Negro bembón (Rumba) 

Y, de nuevo, una rumba sobre un poema de Nicolás Guillén. Aunque, a decir verdad, la rumba aparece tan solamente en el compás y en los estribillos corales, porque lo que se canta en el grueso del tema no otra cosa que una vidalita de Marchena, la misma que Morente registrase con Sabicas en ese disco delicioso tan sólo dos años antes. Es la misma, pero qué diferente suena revestida con otros instrumentos. Y qué bien la hace Enrique sobre el colchón del compás binario. La sonanta de El Paquete cede su protagonismo al color popero de la guitarra eléctrica. Aunque ya aparezca, no puede ni siquiera sugerirnos al Omega. Pero ahí está… 

 

Crisol (Bulerías) 

Vuelta a los poetas españoles para meter por bulerías a tres maestros de la palabra tan grandes y tan dispares como Lorca, San Juan de la Cruz y Miguel Hernández. El nexo de unión entre ambos es Enrique, pero también el grandísimo Juan Habichuela. El cante elegido para cantarlos: la bulería. Todo parece empezar a complicarse, pero el resultado es grandioso. Principia con unos versos lorquianos que ya registrase dos años antes Enrique por abandolaos, en su disco En la Casa-Museo de Federico García Lorca en Fuentevaqueros. Luego, unos versos de San Juan de la Cruz, del poema Un pastorcico, también recogido en un disco anterior, Cruz y Luna, en 1983. Tras estas dos maravillas de la composición flamenca, oímos embobados la delicada falseta de Juan, que suena a Granada toque lo que toque. Reseñables son también el cajón y las palmas de su hijo Antonio Carmona, de Ketama, siempre clavadas, que reflejan el gran percusionista que se perdió el flamenco. Y para cerrar, los versos desgarradores de Miguel Hernández, musicados, ahora sí, al efecto y que sirvieron como homenaje morentiano en el cincuentenario de su muerte. Sin duda, un tema para enmarcar. 

 

Grazalema (Fandangos) 

No iba a despedirse Enrique de este periplo americano sin acordarse de la tierra donde todo empezó: Huelva. Y por Huelva canta estos fandangos que llevan por título el nombre de una localidad de la sierra gaditana: Grazalema. La guitarra de Pepe Habichuela dibuja una variación de sabor añejo, pero la batería de Tino Di Geraldo nos recuerda que estamos en un disco de Morente. El primer fandango es el más puramente alosnero, en el aire de Juan María Blanco. El segundo está construido en carácter de rondeña. Y el tercero es el famoso de Rafael Ramos Antúnez, El Niño Gloria. Tres maravillas que se rematan con un enigmático estribillo y que cierran este disco que es el legado de Morente a la Hispanidad que hoy celebramos.

 

 

Texto: Javier Moyano

 

 

 


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