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Puristas contra la devaluación

El falso vanguardismo liberal se basa en devaluar lo jondo. Y para ello necesita antagonistas, identificar al adversario como purista, porque a quien defiende la pureza como término contrapuesto a la contaminación, que no como expresión exenta de toda mezcla, se le diagnostica como una enfermedad senil.


El mundo virtual en el que vivimos nos permite interactuar y comunicarnos, pero está saturado de necedades e intimidaciones que no podemos evitar. Son muchos a los que les cuesta prescindir de visitar las cuentas de Twitter o las páginas de Facebook, por más que no se identifiquen con lo publicado. Lo único que nos sostiene en medio de ese camino lleno de amenazas y sandeces es el sentido común, actitud cognitiva que solo parece afectar a quienes no tienen nada que temer porque ya lo han ganado todo y valoran la experiencia de lo vivido, de quien al menos este que firma se siente deudor.

 

El estar por encima de esas vicisitudes no impide reconocer que cada vez abundan más los que tienen un pasado no resuelto, esos que se inspiran en la vaciedad de la nada y que, mientras camuflan sus sombras, cargan contra el flamenco sin adjetivo con el único propósito de abrir una batalla contra el clasicismo. Me refiero a los artistas e informadores sin solvencia flamenca, pero también a los que ponen en paralelo lo jondo con el rap, el reguetón, la música electrónica o la urbana del trap, y por supuesto a los sospechosos de contraprestaciones, esto es, los que no entienden una papa pero son especialistas en operaciones comerciales generadoras de intereses económicos.

 

El único principio que prevalece en ambos es el interés propio, que no el carácter identitario del ser andaluz. Van siempre a favor del oscurantismo de la moda, porque no hay nada como la ignorancia racional para combinarla con la novedad. Quedan al servicio de los publicistas porque así son más vintage. Y no es cuestión de dar nombres, porque a diario acaparan el atractivo de las redes sociales y/o los medios de comunicación, pero sí de abordar términos que, utilizados de manera torticera y tóxica por estos tramposos de la demagogia, desvirtúan el flamenco y el espacio destinado a contenerlo.

 

Veamos. Enmarañar la moda con la tradición es como confundir la propaganda política con la opinión pública, trastornar o desordenar, en suma, la configuración del género. La moda es el momento, un fenómeno social cuya tendencia es de carácter pasajero. La tradición, en cambio, se ha transmitido de generación en generación –antes por vía oral, hoy de manera académica–, y, al formar parte de los valores y la cultura del pueblo andaluz, tiene un marcado carácter étnico o de raíz.

 

 

«Con tildar al disidente de purista, no tratan, pues, de ser ingeniosos, sino de ofender a quien es reflejo de la sociedad flamenca, agravio que se les vuelve en contra por hartibles, pero también porque el término ha evolucionado de ser un insulto a ser un honor»

 

 

Pero hay dos vocablos que tergiversan aún más el lenguaje para evitar el desarrollo del pensamiento crítico. Me refiero a purista y vanguardia, dos vocablos enfrentados cada vez que el segundo se asemeja a la lucha contra la tradición, y no cuando se apuesta por la renovación desde el ejercicio de la libertad individual y su carácter experimental.

 

Aludo, como percibe el lector, a quienes banalizan y edulcoran lo jondo, a la frivolidad del tenido por vanguardismo progresista. Sí, a ese movimiento pandémico que no revaloriza el flamenco en sentido estricto. Antes bien, se propaga despreciando lo que fuimos, designa una realidad fraudulenta porque desconoce la categoría del mérito histórico, no le gusta el género artístico del que vive y sólo es feliz cuando crea desde el anacronismo con propósitos comerciales.

 

Es la cultura del fraude del activista cultural, la única profesión que no necesita preparación. Agitadores que imponen sus dogmas para ocultar sus carencias y que están abriendo una enorme brecha identitaria. Se presentan como liberales, cuando contradicen el espacio que ocupan, ya que jamás se oponen a la intromisión del Gobierno en sus proyectos. Desaprueban el clasicismo, pero se agarran a él para mojar en todas las salsas. Y cuando hacen énfasis en la libertad artística, impiden la autonomía de los demás a manifestarse.

 

Ese vanguardismo mal entendido es, en consecuencia, la mera retórica que el progre de moqueta se impone para tratar lo que se le resiste, por más que su influencia en las fuentes de poder sea tan evidente que le ha llevado al liderazgo en París, Nimes y Sevilla. Y lo más grave: está poniendo contra las cuerdas al flamenco sin artimañas, una realidad que la confirman las mamandurrias de los gobiernos de España y Andalucía, tan verdad como que no todo lo que se vende en el extranjero como flamenco es tal ni vende por igual.

 

Al hilo de lo dicho, no tengo claro que ese falso vanguardismo liberal sea un mal necesario, pero lo que no arroja dudas es que el resultado es inequívoco. No admite más que una interpretación: hay que devaluar lo jondo. Y para ello necesita antagonistas, identificar al adversario como purista, porque a quien defiende la pureza como término contrapuesto a la contaminación, que no como expresión exenta de toda mezcla, se le diagnostica como una enfermedad senil y se le desprecia como purista, vocablo que, como constato, utilizan a modo de escarnio gracias a la necedad de los que creen que las palabras cambian la realidad.

 

 

«El purista es un deudor de la historia. Por eso salvaguarda el flamenco, porque en su desarrollo cuentan los valores que se deben transmitir a las nuevas generaciones para conservarlo. Pero también la recreación y el rejuvenecimiento permanentes»

 

 

Con tildar al disidente de purista, no tratan, pues, de ser ingeniosos, sino de ofender a quien es reflejo de la sociedad flamenca, agravio que se les vuelve en contra por hartibles, pero también porque el término ha evolucionado de ser un insulto a ser un honor, sobre todo para los que gustamos construir puentes bien definidos en lugar de cavar trincheras vaporosas, y, principalmente, para quienes sabemos que el artista es limitado en un mundo, el flamenco, que sí es ilimitado.

 

El purista, por el contrario, es un deudor de la historia. Por eso salvaguarda el flamenco, porque en su desarrollo cuentan los valores que se deben transmitir a las nuevas generaciones para conservarlo. Pero también la recreación y el rejuvenecimiento permanentes. La renovación ha estado (y sigue) siempre presente porque el flamenco es una expresión artística con un renacimiento permanente, de ahí que se haya recreado a partir de obras de autor y de otras anónimas que no tenían beneficiarios de derecho de autor hasta que fueron registradas por la SGAE, que las catalogó como de dominio público para así obtener pingües beneficios.

 

Otro efecto colateral es que los amigos del liberalismo aparente no saben cómo encajar en la diversidad cultural, de ahí que se acojan a la etiqueta de flamenco, que es lo más representativo de la Marca España en el mundo. Pero se resisten a que los que pagamos con impuestos sus contratos exijamos no ya no ser engañados, sino que no nos priven de lo que nos corresponde, y que, si procede, tenemos derecho a expresar nuestro juicio desfavorable u opinar sobre los que estafan al consumidor con productos falsos, más o menos bien simulados.

 

La importancia que desempeña el lenguaje en la formación de pensamientos es, en resumidas cuentas, primordial. Pero aun así, hay palabras como la de purista o vanguardista, insisto, a las que se da un uso imprudente, estropean el lenguaje y lo corrompen, torciendo conceptos e ideas. Esto conlleva la distorsión y el desmadre de conductas. Y se hace ejerciendo la libertad de quien las pronuncia, obviamente, pero unas veces desde la ignorancia y otras desde la mala voluntad, como si con su emisión se quisiera influir letalmente en el mensaje que se quiere transmitir al receptor.

 

El contratiempo se agrava si comprobamos que los garantes culturales dan poca relevancia a este timo, a este flamenco de coña cuando el art. 68-1 del Estatuto de Autonomía lo deja bien claro. Pero reconozcamos que, en paralelo a la norma institucional básica de Andalucía, gracias hoy a los puristas, aún no estamos condenados a la irrelevancia más allá de nuestras fronteras.

 


De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

3 COMMENTS
  • EMILIO SOUTO 18 enero, 2023

    Magnífico artículo que expone la grave situación de confrontación a la que se ha llegado dentro del flamenco. Existe un flamenco que deberíamos denominar como “clásico”, y existen otras formas aflamencadas y experimentales. Bienvenida la búsqueda de nuevas formas en el flamenco desde el conocimiento y desarrollo de lo clásico pero, lamentablemente, venimos soportando saltos en el vacío encadenados. Todos se creen grandes creadores de lo postmoderno y, apoyados por algunos gacetilleros, muestran esas barbaridades coreográficas al gran público. De cualquier modo, como el mar, todo vuelve a la calma de lo clásico por encerrar la calidad.

    • Manuel Martín Martín 18 enero, 2023

      Agradecido por compartir el serio problema del momento que estamos viviendo. La realidad del flamenco así nos lo demanda. Reitero mi agradecimiento.

  • EMILIO SOUTO 20 enero, 2023

    Gracias, y todo el ánimo y apoyo en la lucha por la preservación del flamenco.

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