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A riesgo de equivocarme

¿Qué sería de la investigación si no corremos riesgos al interpretar el pasado? Reivindicó el derecho del investigador a proponer vías de estudio aún siendo estas descabelladas e incluso inverosímiles.

Investigar el pasado es apasionante, pero sumergirse en siglos anteriores al que vivimos necesita una buena dosis de abstracción, ser capaz de revivir situaciones que ocurrieron hace doscientos años obliga a desprenderse de prejuicios del presente para comprender lo ocurrido en, por ejemplo, el año 1826, cuando un Antonio Monge apodado El Planeta se subió a las tablas de los teatros de su ciudad natal, Cádiz, e interpretó, como correspondía al Rey de los Polos, el nominado de Cádiz, el de Jerez, Ronda y, claro está, el por entonces ya clásico polo de Tobalo. Para interpretar correctamente noticias como esas es preciso olvidar todo lo vivido en torno al flamenco actual, incluso aquello que ocurrió hace digamos seis décadas, y zambullirse en las aguas turbias de hace doscientos años y a ver qué encontramos.

 

Estamos hablando de veinte décadas, cuando el mundo era muy diferente al que hoy conocemos. Y he ahí, en mi opinión, la auténtica dificultad a la que se enfrentan, nos enfrentamos, los que nos dedicamos a escudriñar el pasado para recontarlo y reinterpretarlo en clave actual. Por ejemplo, si encontramos una referencia a la caña en 1803 no podemos ser tan ingenuos para pensar que esa es la que conocemos atribuida a El Fillo, Curro Dulce, El Granaíno, Silverio, Chacón, Gallina, Morente… con sus ayes y salida melódica ascendente. Lo más probable es que, si pudiésemos escucharla, no se pareciese en nada o casi nada a lo que hoy reconocemos como caña. 

 

 

«Es cierto que cuanto más conocemos la música jonda más capacidad de análisis tenemos y esa experiencia es la que nos aúpa para interpretar los hechos del pasado aún a riesgo de equivocarnos en el diagnóstico»

 

 

De ahí que casi siempre corramos el riesgo de que nuestras interpretaciones no sean acertadas, que erremos en el diagnóstico del pasado, que no logremos abstraernos lo suficiente para aprehenderlo con la seguridad debida. Pero de algún modo tenemos que tomar partido, mojarnos, interpretar los hallazgos sin más pretensión que abrir nuevas vías a la investigación, nunca queriendo sentar cátedra. Y he aquí el riesgo al que me refiero en el título de este artículo. Si no nos aventuramos en una interpretación más o menos concreta, más allá de la certidumbre que nos impone el conocimiento adquirido en los años que tengamos de vivencias entre el flamenco y los flamencos. Es cierto que cuanto más conocemos la música jonda más capacidad de análisis tenemos y esa experiencia es la que nos aúpa para interpretar los hechos del pasado aún a riesgo de equivocarnos en el diagnóstico. Aunque tampoco pasa nada si no acertamos, no estamos en una carrera de fondo ni estaremos condenados al infierno, se reconoce el error y listo. Al modo católico: confesión y cuenta nueva.

 

 

 

 

Hace unos meses soporté a un colega viendo como tachaba a otro de indigno de ser tenido en cuenta por, según él, haber interpretado una genealogía del flamenco que no concordaba con la que él había imaginado o, lo que es peor, seguramente la despreciaba por no haberla pensado él mismo antes. En ese contexto siempre suelo repetir la frase del Love de Cádiz: la vida son cuatro días y dos está lloviendo. Y me pregunto: ¿qué sería de la investigación si no corremos riesgos al interpretar el pasado? Reivindicó el derecho del investigador a proponer vías de estudio aún siendo éstas descabelladas e incluso inverosímiles. Fue Edison quien dijo que para inventar la bombilla tuvo que errar mil veces: “No son fracasos, he conseguido saber mil formas de cómo no se debe hacer una bombilla”.

 

 

«Bastante tengo con dedicar mi vida a colaborar en traer luz sobre el pasado, estudiar el origen del género, como para tener que aguantar el análisis destructivo de un frustrado»

 

 

En la investigación musicológica, y más en el flamenco, hay mucho policía disfrazado de investigador que sin haber visto un libro ni en la estantería acusa al autor de turno corrigiéndole, aunque solo sea para que veamos todos que él sabe del tema un montón y que el pobre autor ha olvidado una cosita que el susodicho encontró de casualidad hace cincuenta años y nunca publicó, seguramente para echárselo en cara al estudioso de turno llegado el momento.

 

Lo bonito de esta profesión es trabajar para quien le gusta informarse y aprender aunque sea un poquito. Yo trabajo para el aficionado, al que de verdad le gusta el flamenco, el que quiere conocer todo lo relacionado con el tema, el sediento de conocimiento sin más pretensiones que crecer. Bastante tengo con dedicar mi vida a colaborar en traer luz sobre el pasado, estudiar el origen del género, como para tener que aguantar el análisis destructivo de un frustrado. En mi último libro digo al final de la introducción que lo hago para que mis colegas lo critiquen e indiquen caminos nuevos por los que circular, no para que carguen contra lo que no están de acuerdo sin proponer alternativas. Te pongo verde y me sirvo un gintonic. Nanai de la China. Si criticas te mojas, pichón.

 

 

«Animo a los más jóvenes que emprendan el camino de la investigación que lo hagan con valentía y sin miedo equivocarse, que aun queda mucho por hacer. Por el flamenco, Andalucía, España y la humanidad»

 

 

Tengo amigos que me dicen ‘no estoy de acuerdo con eso por esto y por lo otro’, eso quiero. Al enterao lo calo nada mas verlo acercarse, le delatan sus maneras de prepotente. Hay quien no admite que alguien se meta en su terreno sin consultarle, sin pedirle permiso. Oye, voy a escuchar a Fosforito. ¿Puedo? A mí, cuando algo no me gusta no lo comento y listo, que el que calla otorga, no me dedico a ir por los mentideros de las redes opinando (haciendo el ridículo en verdad, que la afición no es tonta).

 

Uno escribe para que le lean y las opiniones, a favor o en contra, siempre son bien recibidas. Además, alguna cosa positiva tienen todos los trabajos, algo bueno aportan casi todas, algo que valga la pena, aunque sea darse cuenta de lo desencaminado que pueda ir un colega. Solo con el esfuerzo hecho entre todos llegaremos a buen puerto. Como Fuenteovejuna, todos a una, y así poder lograr dibujar un cuadro del pasado del flamenco fiable, nunca igual a cómo ocurrió, la historia es una ciencia inexacta, pero, con método y sanas intenciones siempre se avanza. Animo a los más jóvenes que emprendan el camino de la investigación que lo hagan con valentía y sin miedo equivocarse, que aun queda mucho por hacer. Por el flamenco, Andalucía, España y la humanidad. 

 

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Musicólogo de Vigo (Galicia). Investigador y profesor. Amante de la música. Enamorado del flamenco. Y apasionado de La Viña gaditana.

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