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Mito y memoria de los bailaores cojos

La historia del flamenco recuerda a notables figuras –Enrique El Cojo, Juan Farina– que demuestran que las discapacidades físicas no son un freno para el arte. Alma, afición, pasión, gusto y corazón son suficientes atributos para arrancar un encendido olé del público.

Desde que un invidente nos contara el desenlace de la guerra de Troya, un manco escribiera la cumbre de nuestras letras y un sordo compusiera la Novena Sinfonía, la idea de que la discapacidad física sea un freno para el arte resulta insostenible. Menos conocida que Homero, Cervantes y Beethoven es en cambio la larga lista de bailaores cojos que ha dado la Historia del flamenco, una singular pléyade que asombra por su afán de superación y por el valor de sus aportaciones, así como por el irresistible carisma de algunos de ellos.

 

Enrique El Cojo, nacido para bailar

El más célebre de todos ellos fue, sin duda, Enrique el Cojo. Cacereño de 1912 recriado en Sevilla, un tumor en la pierna izquierda a los ochos años le dejó una cojera de por vida. Aunque intentó ganarse la vida como enfermero y fotógrafo, desde muy temprana edad Enrique Jiménez Mendoza había sentido la llamada del flamenco. Su padre, empleado en una cervecería de la calle Sierpes, se negaba a respaldar esta vocación por considerarla de baja categoría, pero Enrique, con cojera o sin ella, había nacido para bailar. Y lo haría a su manera.

Aquí lo vemos en una actuación para el programa de Flamenco que presentaba Fernando Quiñones en TVE:

 

 

«La cuestión física queda relegada a un segundo plano. Quizá porque el arte es un camino largo, muy largo. Y como asevera el refranero español, en camino largo, tanto anda el cojo como el sano»

 

“La silueta, los brazos, la intención, la gracia, el desparpajo y la desvergüenza están ahí”, afirmaba el estudioso José Luis Ortiz Nuevo, quien le dedicó el libro De las danzas y andanzas de Enrique el Cojo: según la memoria del maestro. Se formó con Frasquillo y Pericet, si bien siempre haría gala de un estilo propio, refractario a academicismos. Se dio a conocer en el ambiente artístico sevillano, aunque su carácter reservado le impedía prolongar las fiestas: dicen que, cuando terminaba su actuación, religiosamente cobraba y se marchaba a casa. 

Sin embargo, lo que hizo que el nombre de Enrique el Cojo trascendiera fue la creación de su propia academia, primero en la sevillana calle Peral y más tarde en Espíritu Santo, en la que durante más de medio siglo formaría a algunas de las mayores figuras de su tiempo, desde Lola Flores a Cristina Hoyos, Merche Esmeralda o Manuela Vargas. E incluso a alguna alumna ilustre, como la Duquesa de Alba.

He aquí un ensayo con Manuela, acompañados al cante por Manuel Soto Sordera:

 

 

“Como yo era cojo, los alumnos no tenían fe, pero no me importaba porque yo, con el defecto de la pierna, que no podía montar una encima de otra, hacía el paso de la rana en la farruca”, afirmaba el maestro. A cada obstáculo, una solución. Así era su baile, siempre guiado por un innato sentido del gusto y de la geometría. Y cuando la bailaora japonesa Aichi Kasouwa ganó en 1983 el concurso de baile que convocaba el Ayuntamiento de Sevilla, la gente se lo explicaba de una forma sencilla: “Es que ha estudiado con Enrique”.

Con todo, su mejor lección fue la que él mismo daba con su presencia: sé tu mismo, ama lo que haces, exprésate a través del arte. O dicho con sus propias palabras: “El baile sale de lo profundo de uno, y da lo mismo donde se exprese, porque su expresión es válida siempre que uno la deje brotar”. Tan natural era, que el director José Monleón le invitó una vez a participar en un espectáculo y decidió prescindir del guion, porque lo que tenía que decir sobre las tablas no estaba escrito en ningún papel. Y lo mismo hizo en los rodajes en los que fue requerido.

 

«Como yo era cojo, los alumnos no tenían fe, pero no me importaba porque yo, con el defecto de la pierna, que no podía montar una encima de otra, hacía el paso de la rana en la farruca» (Enrique El Cojo)

  

Una fabulosa muestra de lo que Enrique El Cojo podía ofrecer en una clase la recogió el cineasta gaditano Julio Diamante –gran aficionado a lo jondo– en su filme La Carmen (1976), protagonizada por Sara Lezana y con banda sonora nada menos que de Manolo Sanlúcar.

 

 

 

Enrique volvería a ponerse ante las cámaras en 1984, y de nuevo en una adaptación del mito de la cigarrera, bajo las órdenes del gran director italiano Francesco Rosi. En esta nueva Carmen compartía reparto con Plácido Domingo y Ruggero Raimondi. En este vídeo lo reconocemos en el número de la Habanera con música de Bizet, solo un año antes de que una trombosis cerebral pusiera fin a su vida:

    

 

La Medalla de Oro de las Bellas Artes y la Medalla del Trabajo fueron algunos de los reconocimientos oficiales que recibió, junto al cariño y la admiración unánimes de cuantos se cruzaron en el camino de este “fabricante de milagros”, como lo definió la crítica.

Curiosamente, el hombre cuya cojera nunca supuso una limitación, ni mucho menos un complejo, padeció por su homosexualidad, que acaso le pareció un estigma social demasiado difícil de asumir. “En el fondo se creía una mujer y bailaba como tal, de una forma maravillosa”, recuerda Cristina Hoyos.

 

Juan Farina, andar cojo y bailar sano

No menos ejemplar fue el caso del chiclanero Juan Núñez Gálvez, Juan Farina, nieto de aquella legendaria cantaora que fue La Obispa y primo de Rancapino, El Sapo y Orillo del Puerto. Criado en el gaditano barrio de Santa María, tuvo como amigos tempranos a Chano Lobato y a La Perla, y allí le colgaron aquel remoquete, Farina, en honor al popularísimo protagonista de La Pandilla interpretado por el actor negro Allen Hoskins.   

Un concurso en el cine Macario de El Puerto le brindó sus primeros laureles. Pepe Pinto le otorgó el carné de artista, y se embarcó en una compañía amateur con Chano, Gineto, Chele y el Churri como compañeros, recordando que una vez les pagaron la actuación en un ayuntamiento con cuarenta latas de sardinas y un pan.

Un desgraciado accidente mientras cumplía el servicio militar en Tetuán le provocó la cojera que marcaría para siempre su carrera. Para muchos, dejaría de ser Juan Farina para ser El Cojo Farina. Sin embargo, lejos de arredrarse, puso todo su empeño en hacer olvidar su cojera, y afirmaba que se crecía cuando veía a algún bailaor “fuerte”. Y no dudaba en reírse de las rocambolescas situaciones que le salían al paso, como aquella vez en que el guitarrista Miguel El Barbero lo llamó para actuar junto al Cojito Ramos, el Cojo Román y otro cojo al que llamaban El Ruro, y fueron anunciados así:

 

– Señores, con todos ustedes, Miguel y sus cojos.

 

O como el día en que fue a actuar con su compadre El Chato de la Isla en un cuartel de Infantería de Marina, y el coronel exclamó al verlo:

 

– ¡Venga, hombre, este cómo va a ser bailaor, si parece que tiene las dos piernas metidas en el mismo pernil!

 

Hasta que el militar lo vio bailar, y no tuvo más remedio que quedarse con la boca abierta. Porque Juan bailaba de maravilla, y pudo demostrarlo en las muchas noches que pasó junto a El Chato en la Venta de Vargas, en San Fernando, esperando que los señoritos llegaran y se animara la fiesta. Cuando en cambio era un artista como Caracol el que aparecía por allí, el cantaor siempre le pedía que se hiciera alguna patadita, y le jaleaba a la voz de “¡Ay, los cojitos caracoleros!”.

“Pero bueno, ¡tú andas cojo y bailas sano!”, le dijo José María Pemán, quien incluso se ofreció a ponerle en contacto con un pariente cirujano que podría solucionar sus males. Farina desconfiaba: “Yo se lo agradezco mucho, pero, ¿y si me operan, me curan y después no sé bailar?”. Su amistad con escritores le hizo ser personaje de novelas y relatos de Fernando Quiñones y Luis Berenguer, y hasta le picó el gusanillo de escribir letras, donde a veces hacía alusión a su discapacidad: Yo nunca quise creer/ que en mi baile de pasión/ se notaría la cojera/ que mi vida destrozó…

Y sin embargo, su vida artística siguió adelante. Actuaciones en el madrileño hotel Rex, noches memorables con Adela La Chaqueta y Tía Juana la del Pipa y tantos otros en Las Cuevas de Nerja, donde formó parte del elenco de Los viejos de Cádiz… Allí desarrolló su baile más famoso, el del picador, en homenaje a Cagancho y Marcial Lalanda, que quedó también grabado en este episodio de Rito y geografía del cante, la serie documental de José María Velázquez-Gaztelu:

 

 

Casado y con diez hijos, Farina terminaría colgando las botas para regentar un modesto negocio de golosinas, y más tarde, por mediación de Quiñones, vender cupones de la ONCE, lo que le permitió unos desahogos económicos que nunca había conocido con el baile. Pero antes todavía podría vivir otro momento estelar al formar parte del rodaje en 1967 de El Amor Brujo bajo dirección de Francisco Rovira Beleta, que ya había cosechado cierto éxito con Los Tarantos. Juan aparece discretamente en los créditos como figurante en los jaleos, eclipsado por estrellas como Antonio Gades, La Polaca, Rafael de Córdova o Morucha.

 

 

La condición inclusiva del flamenco

Estos son solo algunos de los exponentes de ese talento capaz de sobrepasar cualquier limitación física, pero hay muchos más. En la memoria de un bailaor como El Güito estarán siempre las enseñanzas de Antonio Martín Delgado, gran maestro a pesar de tener una tosca prótesis de madera en sustitución de su pierna amputada. Y el mítico Vicente Escudero mencionaba entre sus modelos a Enrique El Jorobado, jienense de Linares, quien “a pesar de ser contrahecho, bailaba como los ángeles”.

El paso de los años no solo ha confirmado esta condición inclusiva del flamenco, sino que la ha ampliado aún más. En este sentido, toca romper una lanza por José Galán, quien desde 2004 imparte clases de flamenco a personas sordas, con síndrome de Down, movilidad o visión reducida, tanto hombres como mujeres.  

Una de sus alumnas aventajadas es Lola López, barcelonesa de 56 años afincada en Sevilla. Es ya un rostro conocido gracias a su presencia en varios espectáculos, en los que no han pasado desapercibidas ni su silla de ruedas ni su gracia singular para moverse con ella al compás de la guitarra.

 

«Curiosamente, el hombre cuya cojera nunca supuso una limitación, ni mucho menos un complejo, padeció por su homosexualidad, que acaso le pareció un estigma social demasiado difícil de asumir»

 

López contrajo el virus de la poliomelitis a los seis años, y andando el tiempo acabó afectándole a la movilidad de sus piernas. Cuando era niña, en vano pedía a su madre que la apuntara a una academia, sin saber que difícilmente habría podido ser admitida: todavía quedaban muchos prejuicios por desterrar.

Sorprendentemente, afirma que la silla de ruedas no fue un impedimento para bailar, sino “una liberación”, porque le permitió descubrir posibilidades de expresarse que no había sospechado antes. Con ese arrojo, la bailaora llegó a disputarle el protagonismo a Antonio Canales, María Moreno y Rafael Riqueni en el flashmob inaugural de la última Bienal de Flamenco de Sevilla.

Alma, afición, pasión, gusto, corazón, sí parecen atributos imprescindibles para arrancar un encendido olé del público, y parece que a todos los artistas citados les han asistido en abundancia. La cuestión física, parece demostrado, queda relegada a un segundo plano. Quizá porque el arte es un camino largo, muy largo. Y como asevera el refranero español, “en camino largo, tanto anda el cojo como el sano”.       

 

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Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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