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Festivales, jartibles y otras especies en extinción

Que sí, que los festivales se siguen llenando, pero porque llevan ustedes siempre a las ocho o diez figuras de moda. Qué pasa con los grandes maestros veteranos. Los jóvenes que empiezan no tienen una oportunidad para actuar al lado de sus ídolos. Acabarán aburriéndose y se pasarán al lado oscuro del flamenquito, el cajoncito, el reguetón y el rosalismo.

Ambiente de gala en el Patio del Colegio Salesiano de Utrera. LXIII Potaje Gitano de Utrera. 29 junio 2019. Foto: Quico Pérez-Ventana

Cada cual cuenta su verano como le va en él. Están los que se marchan de su vida para alquilarse otra por semanas, lo mismo en la playa que en la montaña, o en esa casita tan coqueta que su suegra tiene en el pueblo. Están los que están, los que se quedan, comiditos de moscas, aferrados a un modo de vivir que no tiene nada que ver con el que habían soñado. Para ellos, y mucho menos para ellas, no se hicieron las vacaciones.

Y luego es digna de estudio esa rara avis que se denomina científicamente jartible / jartibilis, que lejos de las moscas, de la playa y de su suegra, dedica el tórrido estío a la caza y captura de festivales flamencos. No me refiero a esos Flamenco Festival modernos del siglo XXI, que han proliferado en la última década de Despeñaperros para arriba, de Pamplona a Londres, de Nueva York a Zaragoza o de Madrid al cielo.

Son los festivales de verano de la Baja Andalucía, los de toa la vía, esos que tienen nombre de cosas de comer. La Ruta de la Tapa Jonda, podríamos decir. Desde ese Potaje Gitano de Utrera que acaba de cumplir sesenta y tres años, ofreciendo cante a fuego lento, de cucharón y paso atrás. A un Gazpacho bien fresquito, más andaluz que gitano por el nombre, en Morón de la Frontera, con cincuenta y tres ediciones. O el abandonado Festival de la Parpuja de Chiclana, recientemente recuperado, aunque si te pillaran pescando o vendiendo una de esas sardinas chiquititas te llevarías una multa del quince.

 

«Señores organizadores de festivales de verano. Háganse mirar, por favor, eso de los festivales largos, tan largos. ¿No les da lástima ver a esos jartibles, que deberían ser especie protegida, cómo se van quedando espichaos?»

 

Da gloria ver a esos aficionados nevera en mano, con carritos rebosantes de niños y filetes empanados. Llevan bolsos con rebequitas, chalequitos y mantones con los que combatir el aire frío de la madrugada. Porque no sé si sabes que un buen festival de verano debe durar al menos seis horas de reloj, no vaya a ser que te vuelvas a casa con hambre. Nuestro amigo o amiga jartibleno se pierde ni uno solo. Viaja ligero de equipaje, con su cámara, su grabadora y/o su móvil. Y nunca lleva manta, a no ser que sea imprescindible.

Señoras y señores de ayuntamientos y diputaciones, organizadores varios de festivales de verano. Háganse mirar, por favor, eso de los festivales largos, tan largos. No les da lástima ver a esos jartibles, que deberían ser especie protegida, cómo se van quedando espichaos según nos vamos adentrando en las primeras semanas de la canícula.

 

«Media hora cada uno y a las tres en casa. Y si no, prueben ustedes a sentar su excelentísimo culo en esas sillas de tijera durante siete horas»

 

En los años setenta eran más y mejores aficionados, por eso aguantaban como jabatos hasta las nueve o diez de la mañana, a base de vino y cante. El vino era seguro peor que el de ahora, pero también el cante era de otra constelación. Ya no podemos ver en los festivales a Antonio Mairena, a Juan Talega, la Perla de Cádiz, Fernando Terremoto, Tío Borrico, La Paquera, Manolo Caracol, Lebrijano, José Menese ni a Camarón de la Isla. Había cuarenta o cincuenta artistas de una categoría extinguida. Igual que se pueden extinguir los jartibles, y los que saben istinguir, como no cambien ustedes el modelo.

Que sí, que los festivales se siguen llenando, afortunadamente. Pero porque llevan ustedes siempre a las ocho o diez figuras que están de moda. Qué pasa con los grandes maestros veteranos, con los que ustedes no cuentan, y se llevan todo el año de concurso en concurso. Y los jóvenes que empiezan, y no tienen una oportunidad para actuar al lado de sus ídolos, qué va a ocurrir con ellos. Que acabarán aburriéndose, y se pasarán al lado oscuro del flamenquito, el cajoncito, el reguetón y el rosalismo. Si trajeran a dos figurones del momento, a un veterano y a un novel, habría trabajo para todos. Media hora cada uno y a las tres en casa. Y si no, prueben ustedes a sentar su excelentísimo culo en esas sillas de tijera durante siete horas. Ahí afuera hay controles de alcoholemia y coches que matan, saben.

 

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Filólogo madrileño. Media vida en Sevilla. Centinela de las palabras. Lo jondo le acelera peligrosamente el corazón.

1COMENTARIO
  • juan 17 julio, 2019

    Totalmente de acuerdo. Los que vamos de fuera como yo tenemos que volver y coger el coche cansados y con sueño. Soy seguidor de los festvales de verano. No creo que eso le haga ningún bien al flamenco un evento que te termine cansando. Solo es reducir el cartel y hora de comienzo. Quienes trabajan los sabados y menos por la tarde muy pocas personas. Y otro tema, en los festivales son los estilos de cante. Los organizadores deberían exigir que hicieran diferentes estilos. Cinco cantaores y creo que no pasamos de 6 o 7 estilos de cante. Un saludo.

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