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La importancia de Jerez en Sevilla

Con una base ya jerezana en el flamenco de Sevilla, llegaron primero Chacón y luego Manuel Torres y el Niño Medina, que formaron un lío en la capital andaluza.

Uno de los estudios pendientes por la flamencología es analizar a fondo y de una manera documentada el desembarco de artistas jerezanos en Sevilla con motivo de la apertura del Café de don Manuel Ojeda El Burrero, primero, y luego el de Silverio Franconetti. El Burrero lo abrió en lo que fue el Salón Recreo, de la calle Tarifa, en pleno centro de Sevilla, que estuvo regentado casi siempre, desde mediados del XIX, por maestros boleros como Miguel y Manuel de la Barrera o Luis Botella, que era malagueño.

Manuel el Burrero era un macareno con muy buen sentido comercial, que se asoció con el célebre cantaor sevillano Silverio Franconetti por su poder como artista y también por sus enormes conocimientos del cante en general. El cantaor de la Alfalfa ya había dirigido un café cantante en la calle Amor de Dios, el primer Café de Silverio, luego no era un principiante en estas lides cuando el Sr. Ojeda le propuso la sociedad, que se disolvió en 1880 por discrepancias a la hora de contratar artistas y concretar una línea determinada.

Rota la sociedad, Silverio abrió su propio café en la calle Rosario, 4, y esa competencia entre ambos locales, además de El Filarmónico, conocido como el Café de Juan de Dios –Juan de Dios Domínguez, hijo de El Isleño–, propició la etapa más importante de la historia del flamenco en Sevilla, porque llegaron grandes artistas desde toda Andalucía, como Frijones, Paco la Luz, Chacón, Ramírez, La Macarrona, La Malena, La Charrúa, las hermanas Coquineras, Paco el Barbero, Diego Antúnez, La Rubia, El Canario, El Perote, Fosforito, La Águeda, La Trini, José Medina y un largo etcétera.

Sevilla estaba muy marcada por la etapa bolera. Digamos que era el centro mundial de la escuela bolera, sin duda por la labor de Miguel y Manuel de la Barrera, La Campanera, Petra Cámara y Manuela Perea La Nena. Hubo muchos más, y muchas, pero estos fueron fundamentales en el baile y la escuela sevillana de la danza, con posteriores maestros como Ángel Pericet o el Maestro Otero. El cante comenzó a tener importancia en los cafés y las academias sevillanas precisamente por la escuela bolera, puesto que ahí comenzaron a ser profesionales Silverio, Perea del Puerto, José Lorente, el cañaílla Sartorio o El Peinero, entre otros.

Fue quince o veinte años más tarde cuando se produjo el desembarco de importantes cantaores y cantaoras de ciudades como Málaga, Cádiz, Jerez o El Puerto de Santa María. Hubo una casa de vecinos de la Alameda de Hércules, el número 8 de esta calle, en la que solo vivían artistas flamencos en su mayoría de Jerez. El dueño sería aficionado o empresario de locales flamencos, porque coincidieron en un mismo tiempo los dos hermanos Frijones, Antonio y Manuel, además de Paco la Luz y sus hijas —La Serrana y La Sordita—, Ramírez, Antonio el Pintor y su hijo Lamparilla, o las Coquineras del Puerto. La Macarrona y La Malena vivían también en la Alameda, aunque en otras casas, como una tía de La Malena, Josefa la Charrúa, que fue de las mejores bailaoras de Jerez en aquella época.

Con una base ya jerezana en el flamenco de Sevilla, llegaron primero Chacón y luego Manuel Torres y el Niño Medina, que formaron un lío en la capital andaluza. Más tarde, La Requejo, El Gloria y sus hermanas, La Sorda y La Pompi, Javier Molina y un largo etcétera.

Prometo hacer un estudio sobre esto, porque me parece fundamental.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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