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Te adoro, Niño de Marchena

Cada año, cuando se acerca el aniversario de la muerte de Pepe Marchena, suelo escribir algo sobre él y escucho sus discos en casa. Y cada vez que lo escucho descubro cosas nuevas en su manera de cantar, giros imposibles, detalles geniales y, sobre todo, pellizcos.

Siempre me he declarado un seguidor del Niño de Marchena, don José Tejada Martín, que se nos fue el 4 de diciembre de 1976. O sea, el próximo lunes se celebra el aniversario de su muerte, la de un genio del cante, quizá el genio de los genios, creador de un estilo propio y, en general, un verdadero revolucionario de la música andaluza. Revolución es cambio y Marchena cambió muchas cosas en el cante flamenco, porque fue un superdotado. Nació para cantar, como Murillo y Velázquez nacieron para pintar o Antonio el Bailarín lo hizo para bailar. Lo del marchenero era un don. Estuvo tanto tiempo cantando –más de sesenta años–, que hizo de todo, genialidades y cosas no tan geniales, excentricidades y también cosas serias, la mayoría de ellas. Su aportación discográfica es la de un genio, extensa e irregular, pero con verdaderas obras de arte.

Era un creador, sin duda uno de los grandes creadores del cante jondo. Sí, jondo, lo digo con claridad, porque su cante tenía jondura, aunque MairenaTalega y otros se la negaran porque no era gitano, sino gaché. Perdonen que entre en este asunto que tan poco me gusta, pero es que a Marchena le hicieron mucho daño algunos gitanistas recalcitrantes e inquisidores, como los nombrados. Y ya ven, los artistas gitanos más grandes no solo admiraron su arte, sino que lo quisieron como persona. Por ejemplo, la Niña de los Peines y su hermano TomásManuel Torres y Manolo CaracolRafael Farina y Sabicas, por citar solo a algunos. Para Mairena, el Niño de Marchena fue solo “un ídolo falso”, según declaró, y está grabado.

No tuve la fortuna de conocer personalmente a este genio, aunque pude, porque en 1976, el año de su muerte, vivía ya en Sevilla y empezaba a aficionarme en serio. Sí recuerdo que estando en un bar escuché la noticia de su muerte por la radio y me puse triste porque mi madre habló alguna vez de él en casa. Iba mucho por Arahal y ella recordaba la que se formaba cuando aparecía por Los Tres Gatos, que era como su casa. O por el Casino, en La Corredera, donde era el amo y se dejó mucho dinero. Marchena quería mucho a mi pueblo y muchos de mis paisanos lo adoraron hasta la idolatría. Otros no, algo bastante normal con esta clase de figuras.

Pepe Marchena no era plato de buen gusto para todos los aficionados, como ocurrió con Mairena o Valderrama. Cuando comenzó a cantar el marchenero, siendo aún adolescente, lo crucificaban en algunos pueblos porque llegó con una manera nueva de cantar y de estar en flamenco. Lo machacaban, por ejemplo, por ser coqueto y vestir bien. Me contó un día El Monino de Herrera, un buen cantaor que ya no vive, que se encontró un día con El Niño Medina, y que le dijo: “Que sepas que el primero que empezó a gustar a las mujeres fui yo”. Y es que el cantaor jerezano vestía también muy bien, al menos hasta que tuvo fama y dinero, porque acabó pidiendo para comer.

Cada año, cuando se acerca el aniversario de la muerte de Pepe Marchena, suelo escribir algo sobre él y escucho sus discos en casa. Y cada vez que lo escucho descubro cosas nuevas en su manera de cantar, giros imposibles, detalles geniales y, sobre todo, pellizcos. ¿Quién dijo que el marchenero no era un cantaor de pellizco? Se han dicho tantas tonterías.

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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