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A propósito del cantaor Arcángel

Es uno de los nombres más importantes del cante actual, qué le vamos a hacer. Y no tiene ninguna culpa de que algunos artistas gitanos no hayan salido de sus pueblos o de sus barrios. Ni de tener el timbre de voz que tiene, que, por cierto, es un timbre precioso y tan flamenco o más como el que más.

Recientemente puse en mi muro de Facebook el enlace de una saeta de Arcángel cantada delante del Cachorro de Triana, y se lio la marimorena. Enseguida empezaron a poner comentarios ofensivos, descalificándolo como cantaor con una enorme falta de respeto hacia el artista de Huelva, algo muy típico de un arte dividido en pequeñas repúblicas de entendidos o chaneladores de la cosa jonda. Estas polémicas no son nuevas, existían ya en el siglo XIX, es decir, lo que es  no es flamenco, gitano o jondo, lo que tiene pellizco o no lo tiene, las voces que arañan el alma o las que la endulzan.

Personalmente estoy un poco hasta el gorro de estas polémicas absurdas, sin dejar de entender lo que cada uno siente cuando escucha cante y el derecho que tiene a expresar su opinión sobre lo que le gusta o no le gusta. Faltaría más. El cante no tiene una sola voz, sino muchas, con distintos sonidos y características. Pero ocurre que a quienes solo les gustan las voces gitanas suelen despreciar las demás, a veces con malas formas, sin tacto y de manera nada respetuosa. Curiosamente, esos que solo se emocionan con las voces que les parten el alma, pocas veces son críticos con los dueños de esas voces, se quedan solo en el escaparate del sonido o timbre y no entran en lo demás. Conozco a muchos cantaores y a muchas cantaoras con ese tipo de voz, que luego son un desastre cantando, sin afinación, sin cuadratura y sin conocimientos. Gitanos o no gitanos. Les puedo asegurar que hay mucha mediocridad detrás de los pellizcos y el manido duende del cante, que no sé por qué razón se les atribuye siempre a los intérpretes gitanos. Y si hay algún intérprete que tiene esas cualidades, es que canta gitano, o sea, flamenco.

Y por lo visto y oído, Arcángel no es flamenco, sino zarzuelero, operista o canzonetista.

El mismísimo Caballero Bonald llegó a decir que Silverio Franconetti y Don Antonio Chacón no eran cantaores de flamenco, sino “copleros”, demostrando su ignorancia y poniendo de manifiesto, además, su mala uva. Alguna vez he contado que cuando murió Naranjito de Triana, el gran cantaor del arrabal sevillano, le encargué a una becaria del periódico que lo llamara a casa para que hiciera una valoración de dicha pérdida para el cante, y este preclaro andaluz de las letras dijo que no tenía “nada que decir de ese señor”. Porque era gaché, supongo. Estos y otros escritores anteriores son los verdaderos culpables de ese desprecio hacia los intérpretes no gitanos del flamenco, sobre todo a los de éxito, como es el caso de Arcángel, que si en vez de ser una primera figura fuera un segundón que no hubiera salido de Huelva, esto no pasaría. Pero es uno de los nombres más importantes del cante actual, qué le vamos a hacer, que además canta de maravilla, gustos al margen. Y no tiene ninguna culpa de que algunos artistas gitanos no hayan salido de sus pueblos o de sus barrios. Ni de tener el timbre de voz que tiene, que, por cierto, es un timbre precioso y tan flamenco o más como el que más.

Las voces no condicionan la calidad del cante. ¿O es que Manuel Vallejo no era buen cantaor? O Pepe Marchena, Manuel Escacena, la Niña de la Puebla o Manuel Centeno. Fueron magníficos cantaores y muy reconocidos en su tiempo, por cierto. Primeras figuras que llenaban plazas de toros y teatros, y, a lo mejor, ese era el problema, que tuvieron éxito. Ellos no fueron los responsables de que otros no triunfaran y tuvieran que ganarse la vida en las fiestas de señoritos cabales o limpiando zapatos en los restaurantes. Lo mismo que Arcángel no es el responsable de que estupendos cantaores, gitanos o no, de los llamados puros, pongan ladrillos o conduzcan autobuses por un mísero sueldo. El sectarismo no tendría que existir en el flamenco, un arte tan variado, con tantos colores y estilos, pero existe, siempre ha existido. Y, al fin y al cabo, lo de que una voz te pellizque o no es siempre algo muy subjetivo, que depende de la sensibilidad de cada aficionado.

* Artículo publicado originalmente en ExpoFlamenco el 16 de marzo de 2016

 

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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