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Las escuelas del cante

Tomás Pavón creía que se podía enseñar a cantar o, al menos, a pulir el estilo, porque enseñar a cantar al que no tiene cualidades es tarea casi imposible. Sabía que había que tenerlo dentro, pero que era posible formar a cantaores con sabios consejos.

Un día me llamó a casa Naranjito de Triana para que fuera a verlo a la Fundación de Flamenco Cristina Heeren, donde daba clases de cante. “Hay una finlandesa a la que quiero que escuches, para que veas que el cante se puede enseñar”, me dijo. Fui a escuchar a la finlandesa, que cantaba para multarla. A ver, tenía mérito la muchacha porque era de donde era, pero no cantaba bien por soleá. Pero Naranjito estaba orgulloso de su trabajo en esa escuela y era partidario de las academias de cante. También lo era Ramón el Ollero, el cantaor trianero, que a principios del pasado siglo daba clases en su casa, en la calle Palomas, en pleno corazón del Barrio de la Feria de Sevilla. Como ya no cantaba, enseñaba a muchachos y muchachas y se ganaba unas pesetas.

Esto también lo hizo Tomás Pavón en la academia de su cuñada Eloísa Albéniz. Según Eloísa, a la que conocí cuando tenía ya 90 años, algunos jóvenes cantaores de la Alameda y toda esa zona de Sevilla iban a que Tomás les pusiera algunos cantes básicos. Era también de la opinión de que se podía enseñar a cantar o, al menos, a pulir el estilo, porque enseñar a cantar al que no tiene cualidades es tarea casi imposible. Tomás los escuchaba y enseguida les decía dónde no respiraban bien o se iban de compás. No olvidemos que el menor de los Pavón era un gran amante de la música clásica, sobre todo de Chopin. Sabía que había que tenerlo dentro, como cualquier otra faceta artística, pero también que era posible formar a cantaores con charlas y sabios consejos.

 

Fernando el Herrero se presentó en casa de Chacón para que le montara un solo cante, los caracoles. «Mira, Fernando, tú eres más de cabrillas»

 

Ahora están de moda no solo las escuelas, sino los cursos de cante, que imparten artistas o grandes aficionados. Pero no me consta que haya escuelas municipales de cante en localidades de mucha tradición cantaora. En Mairena del Alcor, por ejemplo. En este pueblo no hay niños que canten y a la vuelta de dos décadas o menos no habrá nuevos cantaores o cantaoras. Salen algunos de tarde en tarde, como José de la Mena o Manuel Castulo, pero pocos. El cantaor sevillano Juan Antonio Ramírez, que es mairenero de adopción, tiene su propia escuela, pero no hay una municipal y sin coste alguno para los alumnos. Ni, al parecer, el proyecto de crearla.

Hay una anécdota muy simpática de este tema que protagonizaron dos cantaores, uno mayor, Chacón, y otro más joven, Fernando el Herrero, de Las Cabezas de San Juan. Cuando el maestro jerezano vivía en Sevilla, en la calle Trajano, se le presentó en casa el Herrero para que le montara un solo cante, los caracoles. Chacón estuvo con él un buen rato y no había manera de que los cantara bien. Ya harto, le dijo: “Mira, Fernando, tú eres más de cabrillas”. Se lo diría por las famosas cabrillas de la marisma lebrijana.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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