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Manuel Ojeda El Burrero

El café cantante Café del Burrero fue el más famoso del flamenco, con el de Silverio y, algo más tarde, El Novedades. Sevilla se olvidó de don Manuel Ojeda El Burrero, como de Silverio, Juan de Dios o López Olea. Así se escribe la historia.

Sevilla olvida a sus hijos de una manera lamentable. La historia del flamenco no se podría contar sin dedicarle uno de sus principales capítulos a Manuel Ojeda Rodríguez, El Burrero, pionero en la creación de cafés cantantes junto a Silverio Franconetti. Don Manuel tiene un libro y bien gordo, y habrá que hacerlo algún día. Era macareno y fue desde muy joven un muchacho emprendedor. Al parecer, su negocio de leche de burra, siendo joven, sirvió para que le llamaran El Burrero.

Aficionado a los cantes y bailes sevillanos, un día se le ocurrió abrir un local para ofrecer arte a los guiris, o sea, a los extranjeros, viendo que iban a las academias boleras a dejarse allí sus buenos cuartos para Miguel y Manuel de la Barrera, Botella y otros boleros de la ciudad de Sevilla. En la céntrica calle Tarifa, en plana Campana, existía desde la década de los cuarenta del XIX el Salón Recreo, regentado entonces por el bolero antequerano, aunque criado en Sevilla, don Miguel de la Barrera y Quintana, que no era hermano de Manuel de la Barrera y Valladares, como siempre se aseguró. Se referían a “los hermanos de la Barrera”, porque Miguel tuvo un hermano también bolero, Cayetano.

El Salón Recreo hacía esquina con la calle Amor de Dios y estaba en la primera planta de una enorme casa de la calle Tarifa. Era conocido por el Salón de la Escalerilla porque había que subir por una estrecha escalera de caracol, que el problema no estaba en subir sino en bajar. Si te pasabas con las cañas de manzanilla, que era lo habitual, podías acabar en la casa de socorro de la Alameda de Hércules, como ocurrió alguna vez. Por una caída o por un navajazo, puesto que eran frecuentes las reyertas en el local por culpa del vino, los celos o las disputas artísticas.

En ese local bailaron durante años todas las boleras y todos los boleros de Sevilla, que eran acompañados al cante por los mejores cantaores de la ciudad, entre ellos el mismísimo Silverio Franconetti, amigo de El Burrero. Cuando Silverio regresa de Sudamérica, en 1864, se queda en Cádiz pero viaja a Sevilla para trabajar en este local y en otros de la capital andaluza. No era todavía empresario pero ya le rondaba la idea en la cabeza de abrir su propio negocio. En 1865 actúa en el Salón Recreo, como anuncia El Porvenir el 25 de marzo de 1865. Lo hace con José Ordóñez, Juraco, el cantaor de Alcalá de Guadaíra.

Alterna estas actuaciones con viajes a Madrid, por ejemplo, al Salón de Capellanes, donde ya va como empresa. Tenía entonces 35 años y muchos deseos de ganar dinero, así que empieza a preparar su desembarco como empresario. Y en 1868 se casa en Málaga con la señorita linarense Ana Torrecilla. Es entonces cuando el cantaor decide asentarse ya en Sevilla, su tierra, y se afinca en la Alameda de Hércules para estar cerca de la zona de los salones, academias y cafés. Tiene dos domicilios, Alameda de Hércules y Potro, porque era director de un café cantante en la calle Amor de Dios, el que llamaban Café de Silverio, sin ser suyo.

En 1871 ya aparece como director del Salón Recreo, de la calle Tarifa, y es cuando comienza su relación comercial con don Manuel el Burrero. Este local deja de ser un santuario de la escuela bolera para pasar a ser un café de flamenco, que en seguida se hizo famoso como Café del Burrero, en honor de su dueño. Silverio y él eran dos grandes aficionados al cante, pero con gustos distintos. Franconetti era muy de la escuela gitana y enamorado de Cádiz, Jerez y los Puertos. Y el Burrero era más partidario de los malagueñeros, las malagueñeras y las bailaoras estilizadas y elegantes. Tras unos años de éxito, deciden tirar cada uno por su camino y es cuando Silverio abre su propio café, el Salón Silverio, en el número 4 de la céntrica calle Rosario, en 1881.

Hasta 1888, el Burrero permanece en la calle Tarifa, pero le van tan mal las cosas, con la competencia del café de su antiguo socio, el Filarmónico y otros, que decide apostar fuerte y llevar su café a la calle Sierpes, 11, la mejor calle de Sevilla. Estaba ya cansado del acoso y derribo de los gobernantes sevillanos, que no paraban desde la muerte de El Canario en su sucursal de verano del puente de Triana. No se le ocurre mejor idea que alquilar el local de lo que fue el Casino Militar, en 1888, para volver a convertir el Café del Burrero en lo que había sido diez o doce años antes. Y a pesar del escándalo, don Manuel triunfó y su café hizo historia en Sevilla.

Poco le duraría la alegría, porque una rotura de cadera, viviendo en la calle San Pablo (Reyes Católicos), le trajo una gangrena y murió empezando el siglo XX. Ahí acabó la historia de su célebre café cantante, el más famoso del flamenco, con el de Silverio y, algo más tarde, El Novedades. Sevilla se olvidó de don Manuel Ojeda El Burrero, como de Silverio, Juan de Dios o López Olea, y así se escribe la historia.

* Fotografía realizada por Emilio Beauchy Cano hacia 1881 del Café Cantante El Burrero.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

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