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La Oda total de María Pagés

'Oda al tiempo', la última obra de María Pagés, es el resultado de un proceso de maduración creativa de belleza insuperable, cuya conjunción entre pensamiento, planteamiento y estética forman una ópera total, un absoluto. Descomunal orfebrería en el Teatro de la Maestranza (Sevilla) de una trianera viajera y estelar.

Y no podíamos esperar menos de quien lleva sembrando más de una veintena de obras, todas ellas de una calidad superior. Pero es con esta oda donde parece consumarse una etapa, una vía o camino que consagra un mérito especial y específico. Es una obra circular, como el eterno retorno, como los grandes viajes que solo sirven para volver. Es una indagación en los grandes sistemas de las imposibilidades desde su lenguaje favorito, el flamenco en diálogo sutil pero sólido con la música clásica (Vivaldi, el Lascia ch´io pianga, Deja que llore, de Hëndel, entre otros), la pintura, la poesía, etcétera. Descomunal orfebrería de una trianera viajera y estelar.

Una luna roja que posteriormente será péndulo, sol, transmisor y observador, inaugura la escena con sonidos que invocan a la tierra, al interior. Cantes de trilla y tonás que nos atraviesan y preparan. Baila María, con bata de cola, roja tornasolada en morada, una seguiriya enérgica y elegante, con palillos acompasados. Parece romperse pero se resuelve en poderío y concentración, le entra el fuego y nos muestra el desgarro desde la sabiduría suelta y colmada, extasiada.

Momento de brillantez y vuelo, de espacio aéreo y belleza suspendida y sin anhelos, señora soléa de volátiles flecos y juegos suaves que buscan la eternidad. Y llega el contraste arrebatador de una bulería al golpe con todos sus avíos, vívida, inquietante, vigorosa; palmeos y ayeos enfáticos marcando el compás a grito: un, dos, tres, cuatro, cinco… El alboroto de la fiesta, el gozo y la guasa, con una María que entona y manda, ronea  y grita ¡amos allá!, recita y baila. Gracejo puro en la algarada. Se trata de una adaptación de La oda a los números de Pablo Neruda. Le sigue una alboreá porque aún estamos en la primavera-verano, en el espacio de la fecundidad, de la proclividad de la tierra para seguir después con unas alegrías formando una colorista distinción entre el baile masculino con atuendo gris y sobriedad en el baile, mientras el cuerpo femenino se atavia de bata cola con envés de cola del color de la cola de otra compañera, creando una maravillosa estampa aderezada cromáticamente.

 

«Plena en virtuosismos y detalles, en técnica, ciencia y arte. Vinimos a piropear al tiempo y hemos sido traspasados por la plenitud de la existencia humana»

 

El cambio de estación, el otoño, arranca entre vidalitas y milongas así como un lenguaje más contemporáneo pero a la vez más expresionista. Comienza su natural desazón por las preocupaciones y desencajes de su tiempo. Artista completa, en su presente cuestionado. María baila descalza una pieza instrumental. ¿María baila por no llorar? Está enfadada, se pregunta. Aparece la luna con quien se comunica a golpes. Mira desde detrás de la luna y desaparece. Se escucha La calle está vacía. Es el tiempo de la sinrazón. Y vuelve el péndulo, el incesante e irremediable péndulo. Aparece una escena sobrecogedora: una María hecha sombra con un bastón creando ecos en la tierra, ¿anunciando, amenazando, advirtiendo? La luna arriba presidiendo. En frente, el cuerpo de baile se va militarizando, los movimientos muy lentamente se tornan temblorosos y agitados. Aires de guerra inundan el espacio, aires tribales. El ser humano en su afán de enfrentamiento, en su ansia de poder. Por peteneras y en el lenguaje bautismal del flamenco, el bastón. Cuando los pensamientos se oscurecen, el tiempo deja de ser un modo de medir para pasar a ser un modo de huir y herir. Figuras de lamentos y desconsuelos. Figuras de desastres históricos, El fusilamiento del 3 de mayo, el Guernica de Picasso, la barbarie… y la Esperanza, una Piedad, la más serena, la de Miguel Ángel, en una esquina y acunada por una instrumental.

Una María medio moribunda es rescatada por el cuerpo de baile, hay salvación. Si fuerte es la violencia, también lo es la capacidad de la recuperación. Cuerpos que se recomponen y regresan a la Madre tierra para recoger fuerza, cantar y trillar de nuevo. Volver a hilar la esperanza con las lágrimas de las batallas. Volver a cantar porque la tierra quiere que cantemos y la tierra siempre nace de nuevo en la estación que le corresponde. María Pagés destapa el tarro de las esencias y el tarro de los grandes misterios, con la pulcritud y esa poesía pura que Juan Ramón Jiménez reclamaba. Plena en virtuosismos y detalles, en técnica, ciencia y arte. Vinimos a piropear al tiempo y hemos sido traspasados por la plenitud de la existencia humana.

Fotos: Teatro de la Maestranza

 

FICHA ARTÍSTICA

Una oda al tiempo. Dirección y Escenografía: María Pagés y El Arbi El Harti. Coreografía, diseño de vestuario y baile: María Pagés. Dramaturgia, textos: El Arbi El Harti. Escenografía: María Pagés y El Arbi El Harti. Músicas: Rubén Levaniegos, Chaikovski, Vivaldi, Händel, Sergio Menem, David Moñiz, Isaac Muñoz y música popular. Cuerpo de baile: Eva Varela, Julia Gimeno, Virginia Muñoz, Marta Gálvez, José Barrios, Rafael Ramírez, Juan Carlos Avecilla y Manuel del Río. Cante: Ana Ramón y Bernardo Miranda. Guitarra: Rubén Levaniegos e Isaac Muñoz. Violín: David Moñiz. Violonchelo: Sergio Menem. Iluminación: Dominique You y Pau Fullana. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: 27 diciembre 2019

 


Teresa de la Cruz

 

 

 

 

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