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José Javier León: «El flamenco es un ladrón profesional, gracias a Undebel»

El granadino José Javier León, doctor en Literatura Española y docente del Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada, es autor del libro 'Burlas y veras del 22' (Athenaica ediciones). Una obra concebida para conmemorar el primer centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada.

Pretende valorar sus tropiezos y conquistas, las del Concurso de Cante Jondo de Granada, del que se cumplen ahora cien años. Y se ha entretenido en reunir textos ciertamente significativos que desde 1922 hasta nuestros días han narrado y descrito, escarnecido, criticado o alabado el certamen que promovieran Manuel de Falla, Zuloaga y una amplia lista de artistas e intelectuales entre los que se encontraba un joven García Lorca. A tal declaración de intenciones responde Burlas y veras del 22 (Athenaica Ediciones), obra del profesor granadino José Javier León, licenciado en Filología Hispánica y doctor en Literatura Española, que también es autor de libros como El duende, hallazgo y cliché, la primera edición crítica y anotada de Juego y teoría del duende, de Federico García Lorca (2018), y De Federico a Silverio, con amor, entre otros. «El Concurso de Cante Jondo estimuló a la profesión, se ampliaron formatos y aforos, se habló mucho de flamenco –ellos dirían de jondo– en los periódicos y revistas nacionales, la ciudad de Granada extendió su halo romántico al ser vinculada radicalmente con el arte de Silverio, afianzando así su futuro turístico, se grabaron estilos en declive por su limitadísimo tirón comercial», dice.

 

 

– Se está escribiendo mucho sobre el centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada 1922. Felizmente, cabría añadir, ¿no?
– Sin duda. Aunque en mi opinión hay unos textos, escritos u orales –libros, artículos, discursos, presentaciones, etc.– más felices que otros. Se vienen publicando cosas muy interesantes al lado de collages desafortunados: apologías de corta y pega que reproducen lugares comunes retocados de manera torpe.

 

– ¿Qué aporta su libro de novedoso ante tanta tinta vertida sobre el asunto?
– Quizá eso deberían responderlo otros, pero mi intención ha sido recoger y analizar la mirada del humor y de la gracia. En Burlas y veras del 22 he reproducido una serie de escritos que recorren estos cien años y en los cuales priman las miradas irónicas, joviales, ingeniosas o sarcásticas. La mayoría proceden de aquel año y reflejan disidencias, visiones críticas, guiños ambiguos y mucha más retranca de la que esperaríamos en una cita solemne. Porque la cita del concurso de Granada se quiso solemne. Pero el ser humano, si puede, se sale por la tangente, y el ser humano flamenco no digamos.

 

– ¿La principal virtud de aquel concurso fue ser el primero, los nombres que había ahí detrás o los logros conseguidos casi sin pretenderlo?
– El hecho de haber sido el primero de sus características fue trascendental: el gran formato, la publicidad, la celebración en días señalados y todos aquellos intelectuales de peso respaldándolo. Ese combinado tuvo mucho que ver en su trascendencia posterior, mucho. En cuanto a los logros, los exégetas siguen divididos. Yo no tengo duda de que hubo ganancias, beneficios, pero varios de ellos fueron a pesar de sus propias líneas programáticas. Los principales: estimuló a la profesión, se ampliaron formatos y aforos, se habló mucho de flamenco –ellos dirían de jondo– en los periódicos y revistas nacionales, la ciudad de Granada extendió su halo romántico al ser vinculada radicalmente con el arte de Silverio, afianzando así su futuro turístico, se grabaron estilos en declive por su limitadísimo tirón comercial… Incluso el actual Festival Internacional de Música y Danza descansa al menos uno de sus cabos en aquellas celebraciones.

 

– Usted sostiene que los organizadores del concurso se equivocaron radicalmente al pensar que el flamenco estaba en peligro de muerte. ¿Al final no era para tanto?
– Prescindamos por un momento de los enormes bailaores, bailaoras y guitarristas, puesto que el certamen era de cante, y echémosle un vistazo a la nómina de cantaores en activo por aquellas fechas y la idea se desactivará de inmediato. Tal idea, la del peligro inminente, en realidad es antigua, está ya en Demófilo, y es un mantra de críticos y flamencólogos. Consiste en una mezcla de lamento y reivindicación de la idea subjetiva de pureza. El flamenco estaba vivo entonces, y que siga vivo y vibrante hoy es la prueba del nueve de su buena salud.

 

 

«En realidad la idea del peligro inminente del flamenco es antigua, está ya en Demófilo, y es un mantra de críticos y flamencólogos. Consiste en una mezcla de lamento y reivindicación de la idea subjetiva de pureza. El flamenco estaba vivo entonces, y que siga vivo y vibrante hoy es la prueba del nueve de su buena salud»

 

 

– Cuenta usted que Manuel Centeno dijo que «eso no lo han estudiado bien». Otros se despacharon a gusto. Y luego los flamencos se quejan de los críticos actuales…
– En ocasiones molesta que se afirme que varios de los principios ideológicos que sostenían el concurso estaban errados. Yo creo que eso procede de un exceso de fervor: el que nos sobrecoge ante la presencia de algunos de los grandes nombres del arte y la música del siglo pasado: Falla a la cabeza, Gómez de la Serna, Zuloaga, García Lorca, Manuel Ángeles Ortiz, Andrés Segovia, Edgar Neville… Y entiendo la advertencia: el peligro de juzgar con ojos de hoy lo que parece un claro Zeitgeist, un espíritu de los tiempos que compartirían muchos, sobre la necesidad de rescatar lo antiguo y original, auténtico y valioso y condenar lo corrupto, derivado y profesional. Yo invito a leer otros testimonios contemporáneos recogidos en mi libro. Aparte de las advertencias de Manuel Centeno, están Galerín, García Sanchiz, Manuel Machado o Manuel Ángeles Ortiz. Opinaban de modo diferente, entre burlas y veras. E invito a atender a lecturas que se hacen a partir de los años setenta: de Lavaur, Ortiz Nuevo o Gamboa. En cuanto a los críticos actuales, estoy convencido de que la crítica en particular y el periodismo en general son fundamentales en una sociedad sana y democrática, pero entiendo mucho menos ese trabajo cuando se atrinchera en la nostalgia y se muestra resentido y hasta faltón con los artistas del momento. No obstante, ha existido siempre y los historiadores saben bien que su gesto es muy interesante, porque va balizando las líneas de vanguardia, seguramente a su pesar.

 

 

El profesor José Javier León, autor de ‘Burlas y veras del 22’. Foto: Jesús García Latorre

 

 

– ¿Por qué hay tantos mitos y fantasías en torno al concurso?
– Porque nos encantan los mitos y las leyendas. Y bien está. De hecho, el flamenco se ha servido y se sirve, a su favor, de las fábulas halladas a su paso. El flamenco es un gran ladrón. Un ladrón profesional, gracias a Undebel.

 

– ¿Fue aquella una «competición» en buena lid? ¿El flamenco es un arte concebido para competir?
– No tengo una opinión clara y distinta sobre los concursos en el mundo del arte. Pero déjeme decirle, parafraseando ideas recogidas en mi ensayo, que los nombres que elegimos no son inocentes, y que un concurso es un encuentro al tiempo que una competición, concepto que engloba ideas belicosas, de oposición y de rivalidad. Y que esas nociones son caras al mundo profesional y al liberalismo, esto es, al capitalismo y su modelo de producción, que poco tiene que ver con lo rural y artesanal, tradicional y amateur.

 

 

«Federico García Lorca ha sido y sigue siendo para muchos artistas faro, toma de conciencia, despertar e íntima llamada personal. Se cantan sus versos del derecho y del revés»

 

 

– Usted es doctor en Literatura Española y docente del Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada. ¿Está suficientemente presente el arte flamenco en las letras y las aulas?
– No, en absoluto lo está. Yo imparto una asignatura que se llama “El arte flamenco en la sociedad y la cultura”, pero es que mis alumnos son universitarios extranjeros. Creo que no hay necesidad de ser más explícito.

 

– Le hemos leído que si el flamenco es hoy una de las grandes músicas del mundo es por su cualidad dialéctica. Porque es fruto de un diálogo permanente entre pasado y presente, entre tradición y experimentación, entre lo viejo y lo nuevo. ¿Está el flamenco de 2022 en diálogo con la Granada de 1922?
– ¿Esperamos a finales de este año y le contesto?

 

– Háblenos de esa otra obra suya, De Federico a Silverio, con amor (Universidad de Granada – Peña de la Platería). ¿Qué paralelismo establece entre Lorca y Franconetti?
– En una ocasión escuché a un crítico o crítica de flamenco decir, en un bar o tabanco de un pueblo andaluz: “¡Qué empacho, otra vez Lorca y el flamenco!”. Nunca sabré si su exclamación era espontánea y nacía de un corazón sincero o iba teledirigida: a mí, por ejemplo. Pero pensé: esta persona ignora algo. Ignora que no hay Lorca sin flamenco ni flamenco sin Lorca. No existe poeta más ligado a esas músicas que él ni autor al que los flamencos reclamen y hayan prohijado más, aunque no siempre de manera atinada. Con Lorca, el flamenco ha perpetrado algunas notables mamarrachadas. Federico ha sido y sigue siendo para muchos artistas faro, toma de conciencia, despertar e íntima llamada personal. Se cantan sus versos del derecho y del revés. En cuanto a su relación con el configurador del arte musical andaluz, le dedicó con solo 24 años ese poema admirable, Retrato de Silverio Franconetti. Silverio es un cantaor cuya voz desconocemos y que sin embargo él logra hacernos escuchar en dos docenas de breves versos. Por último está mi empeño en llamar al flamenco con un sintagma de cuño propio: “el arte de Silverio”. Es, con seguridad, un empeño vano, pero de anhelos fallidos está pintada la vida.

 

 

 

 

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Sevilla, 1969. Periodista andaluz de intereses etéreos y estrofas cabales. Tres décadas de oficio en prensa musical y cultural. Con arrimo y sin arrimo, para seres de cualesquier afecto.

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