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El ocaso de los tablaos

Puede reanimarse el turismo, pero es poco probable que veamos un regreso a la época de los tablaos como existía antes de la Covid-19. El flamenco no va a desaparecer, eso seguro. Lo que pueden escasear son los ingresos generados por tantos buenos artistas a lo largo de tantos años.

Nadie creía que pudiera ocurrir. ¿Quién se podría imaginar tal cosa? Los seguidores e intérpretes del flamenco están soportando un terrible y doloroso golpe al género, y a las carreras de cientos de jóvenes ansiosos de asumir sendos lugares por los que han luchado en ambiciosos proyectos. Observamos impotentes, incrédulos, mientras los tablaos flamencos de España se tambalean y se derrumban, uno tras otro, como un castillo de naipes.

Recuerdo hace más de 50 años cuando el bum turístico avanzaba rápidamente, y los expertos avisaban de que era un despropósito apostar por el sector cuando España no tenía plataforma industrial. En aquellos años, no sabía siquiera qué significaba eso, y pensé, ingenuamente, que el flamenco era tan maravilloso que nadie desearía ver este hermoso país de azahar y olivos, geranios, toros bravos y vinos nobles afeado por fábricas y altos hornos. Poco importaba que la campaña España es diferente atrajera a tantos turistas, que la construcción desenfrenada pronto llenó las costas de apretadas filas de cajitas blancas que llamamos urbanizaciones para acobijar a los visitantes, tanto del extranjero como del interior. Los Fun Pubs británicos brotaron como amapolas, y el flamenco fue un elemento importante de la estampa.

 

«Me pregunto qué tipo de ambiente habrá con los espectadores situados de esta manera, privados de la complicidad emocional que es el resultado de la proximidad»

 

En Madrid, en 1956, Manuel del Rey cumplió su sueño de establecer un lugar donde se pudiera ver flamenco de alta calidad en un entorno que recordaba la época del café cantante que abarcó desde finales del siglo XIX hasta primeros del XX aproximadamente. Al día de hoy, Corral de la Morería es el tablao más famoso y longevo de cuantos hay.

Según datos recientes de Antfes, la Asociación Nacional de Tablaos Flamencos de España, los tablaos han proporcionado trabajo al 90 por ciento de los artistas flamencos actuales. Recuerdo en Madrid en los años setenta, había alrededor de una docena de tablaos. La aparición del formato del tablao moderno coincidió con la primera antología de cante (Ducretet Thomson/Hispavox), y los primeros festivales de verano. Soplaban fuertes los vientos de cambio, animando a un tipo de flamenco que llegaría a considerarse “puro”, a pesar de las protestas del sector contemporáneo, más o menos desde Ketama en adelante, inspirado en el trabajo de Camarón y Paco, cuyas maneras aperturistas sacaron al flamenco de cierto letargo.

 

Café de Chinitas. Foto: web Café de Chinitas

Café de Chinitas. Foto: web Café de Chinitas

 

Llegó el año 2020, y aquí estamos todos intentando comprender qué significa la nueva normalidad en cuanto a los tablaos. Después de estar toda la vida buscando la manera de atraer al mayor número de clientes, la nueva normalidad manda lo contrario, con un distanciamiento social de 1,5 a 2 metros entre las personas, que representa      mucho      espacio      vacío      que a su vez representa ingresos reducidos.  Todavía está por ver si los artistas aceptarían realizar más funciones diariamente para compensar parte de esta importante desventaja, aunque me pregunto qué tipo de ambiente habrá con los espectadores situados de esta manera, privados de la complicidad emocional que es el resultado de la proximidad.  Algunos dueños de tablao están solicitando permiso para acomodar a más personas que lo permitido por el distanciamiento. Lo cual, se mire como se mire, no ayuda a nadie.

 

«Ahora le toca al flamenco transformarse para sobrevivir en el ámbito comercial. Alivia muy poco el saber que la música y la cultura mundial en general también deben asumir el mismo desafío»

 

Pero el flamenco no comenzó en los años 1950 con la fundación de los primeros tablaos, ni con el turismo. Para nada. El género había estado cocinando a fuego lento durante muchas décadas, y había pasado por una época dorada cuando las formas fueron desarrolladas con la importante intervención de Silverio Franconetti. Un repertorio bien definido fue el legado de creadores/intérpretes como Antonio Chacón, La Niña de los Peines o Enrique el Mellizo.

Casa Patas, Café de Chinitas y Villa Rosa, donde Chacón y Ramón Montoya sentaban cátedra cada noche, han sido los primeros en hundirse. Fue tan sorprendente como desgarrador.

Ahora le toca al flamenco transformarse para sobrevivir en el ámbito comercial. Alivia muy poco el saber que la música y la cultura mundial en general también deben asumir el mismo desafío.

A lo mejor vuelven las salas de fiestas. No los cutres bares con luces verdes que se ven por la carretera, sino lugares sofisticados y luminosos con camareros elegantes, decorado e iluminación donde el flamenco sería una atracción permanente, además de cantantes populares, variedades… Es decir, un regreso parcial al formato del café cantante que aumentaría los ingresos sin sacrificar la dignidad. Esto sería más interesante que un tablao para los clientes españoles de a pie, y sería bien tolerado también por el turista extranjero.

Para la temporada del año que viene, puede reanimarse el turismo, pero es poco probable que veamos un regreso a la época de los tablaos como existía antes de la Covid-19. El flamenco no va a desaparecer, eso seguro. Lo que puede escasear sin embargo son los ingresos generados por tantos buenos artistas a lo largo de tantos años.

Imagen superior: Tablao Villa Rosa (foto web Villa Rosa)

 

Fachada del tablao Casa Patas. Foto: web Casa Patas

Fachada del tablao Casa Patas. Foto: web Casa Patas

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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