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Manuela Vargas en la Feria Mundial de Nueva York

El flamenco era la atracción máxima de aquel pabellón. La gente soportaba largas colas para entrar en el área principal donde la guapísima, sorprendente, superdotada Manuela Vargas y su sobresaliente compañía derrochaban arte a manos llenas todos los días.

Portada de revista Blanco y Negro, 5 de enero 1963.

En 1964, cuando España aún luchaba para salir de las profundidades de su larga posguerra, las autoridades tomaron la decisión de invertir dinero importante en construir uno de los pabellones más extravagantes de la Feria Mundial de Nueva York, como parte de una agresiva campaña para atraer al turismo extranjero con el eslogan “España es Diferente”. Al tener pase de temporada, yo visitaba el pabellón casi todos los días. En el jardín delante de la entrada había grupos que bailaban las más típicas danzas folklóricas de la península, pero sin duda alguna, el flamenco era la atracción máxima, y la gente soportaba largas colas para entrar en el área principal donde Manuela Vargas (Sevilla, 1941 – Madrid, 2007), la guapísima, sorprendente, superdotada Manuela Vargas y su sobresaliente compañía, derrochaban arte a manos llenas todos los días.

En aquella coyuntura, el flamenco buscaba un futuro viable. Habían surgido los primeros tablaos –Corral de la Morería, Café de Chinitas, Zambra, Los Canasteros, Las Brujas y otros– concebidos en la imagen de los históricos cafés cantantes, para satisfacer la curiosidad del turista extranjero, y el interés cambió del cante para los españoles, al baile para los forasteros. Sangría y paella, chicas monas vestidas de volantes y hombres apuestos con la mirada oscura sumaron una fórmula fácil de vender. Es una lástima que el flamenco de la época tuviera tan mala prensa, hasta el extremo de que todavía algunas personas actualmente relacionan el oficio de bailaora con la prostitución.

 

«Sus batas de cola eran las más largas que había visto jamás, y todavía recuerdo el sonido crujiente de los volantes de su cola cuando salía al escenario iluminada por luz negra»

 

A Manuela Vargas se le recuerda principalmente por su interpretación en 1984 en Medea, con la música de Manolo Sanlúcar, pero sin duda alguna, dos décadas antes, en la Feria Mundial de Nueva York, dispuso formas nuevas que han enriquecido el baile flamenco de manera importante. Aunque fue considerada intérprete de la llamada “escuela sevillana” transmitida por Enrique el Cojo o Matilde Coral, ahora miro hacia atrás en el recuerdo a la bailaora que ofreció cuatro funciones distintas todos los días en el auditorio del pabellón español, recuerdo su personalidad intensa y original, y parece imposible que Manuela Vargas, la gran creadora, fuera así etiquetada.

En primer lugar, el repertorio. Durante décadas, las compañías de baile español, como las de Antonio el Bailarín, Pilar López, Ximénez Vargas o José Greco entre muchas otras, además de la de Carmen Amaya, a la que habíamos perdido poco antes de que Manuela estuviera en la Feria, todos sentían la necesidad de incluir “danza”, temas folklóricos, escuela bolera, semiclásico, como se decía… Boda de Luis Alonso, Goyescas, Amor Brujo, la jota y otros retales del rico acervo cultural de España. La fórmula funcionó bien durante largo tiempo, pero Manuela Vargas tenía ideas propias. Su estilo contenido, a la vez que temperamental, estaba mejor ajustado al flamenco, y eso es lo que ofreció sin miramientos.

A diferencia de algunas crónicas que circulan y que describen un programa que no he visto, los espectáculos de Manuela Vargas en el pabellón español eran monotemáticos. Uno estaba basado en soleá, caña, romance y temas asociados, mientras que otro fue dedicado a la rama de las cantiñas, alegrías de Cádiz, mirabrás, caracoles, romeras, y otro a los tangos, etc. En uno de los recitales, la pieza principal fue la petenera, empezando por la de Pastora Pavón y Niño Medina, que carece de un compás bailable. La veterana maestra Luisa Triana (Sevilla 1932) cree que posiblemente fue la primera vez que un cante libre fuera bailado de manera creíble.

 

«Un día le pedí a la gran bailaora que me firmara el programa. Pero había tal aglomeración de personas que abandoné la idea y me acerqué a una joven bailaora del grupo para que me lo firmara ella. Después de más de 50 años leí el garabato: Cristina Hoyos»

 

El vestuario flamenco de Manuela puso la pauta durante años. Cambió los populares vestidos mini hasta la rodilla por volantes que llegaban hasta el suelo a partir de la rodilla, una línea elegante que favorecía la figura y aportó seriedad. Unos volantes imposiblemente voluminosos en los hombros hicieron contraste al estilo seco de la bailaora, y casi parecían simbolizar su manera de teñir del pasado su visión personal del futuro. Sus batas de cola eran las más largas que había visto jamás, y todavía recuerdo el sonido crujiente de los volantes de su cola cuando salía al escenario iluminada por luz negra.

Manuela Vargas seleccionaba a sus artistas con mucho criterio, y se rodeó de los mejores de la época, tanto en la Feria como en otros lugares: Fosforito, Naranjito de Triana, El Güito, Fernanda y Bernarda de Utrera, Beni de Cádiz, Juan Habichuela o José Cala El Poeta, entre otros, y con su aportación desarrolló formas nuevas para tientos, la caña, mirabrás o taranto que todavía hoy siguen siendo referenciales.

Un día, después de la actuación, me sentí suficientemente valiente para dirigirme al camerino y pedirle a la gran bailaora que me firmara el programa. Pero había tal aglomeración de personas, que abandoné la idea y me acerqué a una joven bailaora del grupo para que me lo firmara ella. Después de más de 50 años leí el garabato: Cristina Hoyos.

Imagen superior: Portada de la revista Blanco y Negro, 5 de enero 1963.

 

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Jerezana de adopción. Cantaora, guitarrista, bailaora y escritora. Flamenca por los cuatro costados. Sus artículos han sido publicados en numerosas revistas especializadas y es conferenciante bilingüe en Europa, Estados Unidos y Canadá.

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