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El artista ante el comisionista

Un festival de verano no es un hecho aislado. Es la relación de la localidad con el flamenco, y de los artistas con los ciudadanos, incluidos los visitantes. Pero el comisionista de turno, como buen vendedor de crecepelo, no tiene más objetivo que la comisión.

Echamos el telón de la época estival y el aficionado se ha topado con eventos excelentes sobre el papel, aunque con algunos errores técnicos. Otros, muy bien realizados técnicamente pero, en líneas generales, de un vacío y una sequía de hondura que dan pena. Y no faltan aquellos en los que importa más la foto de los tutores de la organización con el elenco que el repertorio, el rider técnico o la inspiración de artistas que acuden a estos encuentros con ganas de decir algo, de hacer algo que interese al espectador y pertenecientes al ámbito de los sentimientos, de la afectividad y de las emociones.

 

El flamenco es un género vivo. Se genera por una creación espontánea, instintiva, y a veces intelectual, y en verano se ejecuta al aire libre para un público que quiere acercarse sobre todo a los mediáticos, aunque la fama de éstos los alejen cuando están faltos de capacidad para conectarse con quienes les engordan la cartera, legos que no saben que la casualidad aplasta héroes y desguaza el mito. Las reglas las pone el tiempo salvo a los tocados por el apellido, como Estrella Morente, canzonetista de 28.000 euros que tendría que proporcionar veinte veces más placer que uno de 1.400 euros. Y eso es imposible.

 

Contra toda opinión, no son, pues, los flamencos caviar los generadores de los festivales, sino los espectadores, esa masa amorfa que el día que no quiera seguirlos o no sientan con ellos lo que interpretan, saben que ya no despertarán los sentimientos y estados de ánimos de los seguidores y perderán todo lo conseguido. Claro que eso tardará en ocurrir, y no porque las audiencias sean incapaces de elegir y discriminar los quilates del hecho artístico, sino porque solo la preeminencia del necio puede creer que la realidad empieza en un presente desprovisto de la memoria del pasado.

 

Pero dejando a un lado a esos reputados inmaduros que rechazan al público que les pagan convirtiendo su soledad en un estado de bienestar, la mayoría de los artistas requieren la apasionada y festiva construcción de vínculos sinceros y valerosos. Son conscientes de que un festival de verano no es un hecho aislado. Es la relación de la localidad con el flamenco, y de los artistas con los ciudadanos, incluidos los visitantes que no pueden acudir a los teatros de la capital a ver a las grandes figuras subvencionadas precisamente con los impuestos que ellos pagan.

 

Aun así, la frase más repetida es “el modelo ha caducado”. Las programaciones chocan en no pocas ocasiones con la diversidad estética que exige este tiempo. Los carteles se repiten hasta el empalago; los mismos nombres en todo sitio porque la actitud ante el euro determina la altitud; la tipología es invariable porque las voces de moda tampoco dan para más; a los maestros los tratan como material de derribo y los están “matando” en vida excluyéndolos de manera ingrata, y la coincidencia en la fecha de los pueblos de una misma comarca delata a aquellos programadores que no tienen el cerebro conectado a la realidad.

 

 

«El comisionista de turno es a la postre quien ordena y manda, ya que miente sobre la disponibilidad de los artistas que le han afeado sus tropelías, pone los cachés a su antojo, induce al doblete (…) y, como buen vendedor de crecepelo, no tiene más objetivo que la comisión»

 

 

Seguimos, pues, sobrevolando sobre los problemas sin resolver ninguno, no vaya a ser que por corregir dañemos la autoestima del zoquete de turno, con lo que nos encontramos con un serio problema que no es cuestión de estupidez, sino de falta de conocimiento de los que se tienen por promotores sin saber hacer la “o” con un canuto, analfabetos que aún no han asumido que una programación flamenca no puede depender del sectarismo, los favores debidos, la ordinariez o la limitación mental del gestor público.

 

La historia de los festivales no puede ser, en consecuencia, la historia del ingenuo delegado municipal de Cultura, del conocido enterado del pueblo, que suele ser el amiguísimo de la Peña que asesora al Ayuntamiento para así estar en el comedero de la gloria por un día, ni obedecer a los motivos arbitrarios y oportunistas del intermediario tunante. Porque los flamencos de los festivales no tienen más representantes que ellos mismos, por más que el comisionista de turno sea a la postre quien ordene y mande, ya que miente sobre la disponibilidad de los artistas que le han afeado sus tropelías, pone los cachés a su antojo, induce al doblete, lo ignora todo sobre el espacio a celebrar, es incapaz de materializar la producción escénica y, como buen vendedor de crecepelo, no tiene más objetivo que la comisión.

 

Ítem más. El comisionista desdeña a los no consagrados, a esos que gozan de toda mi admiración porque tienen un respeto reverencial por su profesión. Y tratan con la puntera de la arrogancia a los cantaores modestos que se suben al escenario como el que va a una cita a ciegas, a enamorar al público porque lo necesitan para seguir viviendo el (que no del) cante, mientras que los que admitimos como novedad esbozan la sonrisa de la arrogancia o lanzan la carcajada de los dioses, porque algunos cuando hablan es la ignorancia la que grita.

 

Pero lo que más mortifica de este asunto es que el analfabetismo de la casta política lleva años subyugada por esta mercadería, que nada tiene que ver con el promotor profesional, que ese sí que sabe producir y organizar eventos, o con el gestor cultural que tiene conocimiento de la materia y del mercado. Unos y otros son la antítesis del comisionista, ese despreciable gorrón que toma al público por estúpido y que ha hecho que los Ayuntamientos se conviertan en un camino a lo largo del cual los artistas se empobrecen mientras los tratantes se enriquecen.

 

 

«Hoy los aficionados se resisten a viajar a otras localidades porque no suelen traer nada que contar. Cuanto más lejos van, menos arte han escuchado o visto. Los desplazamientos han perdido, por tanto, misterio»

 

 

Obvio es señalar que en esta fauna no todos son iguales. Los hay profesionales que saben orientar de modo práctico y que desarrollan un trabajo creativo en torno a una estrategia social acorde al mercado. Obvio decir que son los menos, y, por lo general, la cartera artística que manejan incluye proyectos que trascienden a los clásicos festivales de verano.

 

Pero siguiendo el hilo propuesto, la desatención e inhibición de los ayuntamientos y diputaciones provinciales sigue siendo la causa de una aguda crisis de nuestra industria cultural en verano. La institución pública local no puede depender de abusadores inservibles ni dejarse aconsejar por parásitos alimentados exclusivamente por el mercadeo, por negociantes que atentan contra nuestra cultura en aras de subir la báscula y disfrutar de importantes bienes para satisfacer sus necesidades y mantener un nivel de vida que, por el trabajo realizado, no les corresponden por el sólo hecho de disponer de un directorio telefónico.

 

A los festivales flamencos se acudía antaño por precepto. Cada uno tenía su sello identitario y se escuchaban voces distintas en aquellos que habían creado su propio molde. Hoy los aficionados se resisten a viajar a otras localidades porque no suelen traer nada que contar. Cuanto más lejos van, menos arte han escuchado o visto. Los desplazamientos han perdido, por tanto, misterio. No producen interés por la estupidez de tanta ambición ridícula, la de los intermediarios inútiles que no viven con honestidad su trabajo, despilfarradores de la Hacienda municipal mientras los artistas, que flotan en los cielos de a verlas venir, esperan con ingenuidad a que el mediador le ofrezca el alimento para la unidad familiar.

 

Y como todo necio confunde valor y precio, a los flamencos fetén, a los modestos para los que el escenario de los divos es un territorio hostil, mutante en cada localidad, desafiante en cada escenario, no les queda más que exigirse a mucha disciplina horaria, acogerse a la vocación, tener perseverancia y no perder la ilusión de la llamada inesperada. Todo ello acompañado por la indulgente música del azar, es decir, la suerte.

 

 

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De Écija, Sevilla. Escritor para el que la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio. Entre otros, primer Premio Nacional de Periodismo a la Crítica Flamenca, por lo que me da igual que me linchen si a cambio garantizo mi libertad.

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