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¿Llegó de nuevo al cante el fenómeno fan?

El cante jondo necesita aficionados cultivados, preparados, no a fans incondicionales que no son capaces de saber cuándo un cantaor da o no los veinte reales del duro. Estoy más por el aficionado cabal que por el fanático enloquecido.

Es alentador comprobar la gran cantidad de jóvenes de todo el mundo que aman el flamenco. Algunos piensan que es un fenómeno nuevo, pero siempre ha sido así. Nos equivocamos si pensamos que quienes iban a los festivales de hace más de medio siglo eran todos viejos con gorras camperas y varitas de mimbre o acebuche para marcar el compás. Juan Valderrama y Antonio el Sevillano me dijeron que cuando cantaban en las plazas de toros, después de la Guerra Civil Española, los jóvenes se daban bofetadas por entrar en los teatros, cines o plazas de toros. Pero lo de hoy es verdaderamente espectacular. Van en masa a los festivales de verano y a los conciertos en teatros, a pesar de que en la actualidad tienen una oferta musical mucho más amplia que la que tenían los jóvenes de hace setenta años, que solo tenían el cante, sobre todo en los pueblos.

Hay una cosa que me llama la atención, que es el fenómeno fan. Esos jóvenes que solo van a escuchar a su cantaor favorito y que lo sacan a hombros cante como cante. ¿Existía esto también en la época de Valderrama, Marchena y la Niña de los Peines? Según Valderrama sí existía, aunque era distinto. El aficionado era más exigente, más crítico, no lo aplaudía todo. Se daba el caso, por ejemplo, que a todo un Chacón lo abuchearan una noche en Sevilla por no estar fino, y estamos refiriéndonos al mejor cantaor de su tiempo. Esto lo contaba Antonio Mairena, pero nunca contó cuando a él y a Chocolate los corrieron a gorrazos en un pueblo de Sevilla, Villanueva del Ariscal, por querer cantar arcaicos martinetes cuando el público estaba más por los fandangos siderales. Esto me lo contó Chocolate.

La mayoría de los que hoy van detrás de las jóvenes figuras del cante, como pueden ser Miguel Poveda, Estrella Morente, Arcángel, Antonio Reyes o Rancapino hijo, suelen ir predispuestos a sacarlos a hombros estén como estén. Es el fenómeno fan, que empieza a ser tan parecido al de la música pop. Esto ya lo vimos con Camarón de la Isla, al que iban a ver miles de jóvenes y cuando acababa de cantar ya no escuchaban al resto de los que componían el cartel del festival. El cante no tiene nada que ver con la música pop. Es preciso tener conocimientos para saber apreciar una buena actuación, distinguir los distintos palos, si el cantaor va o no a compás, si sabe cantar a guitarra, o si da o no ojana, que en el cante de hoy se da por arrobas. También ataño, no crean, aunque menos. Entonces los cantaores o las cantaoras no se escondían detrás de tanta cacharrería, cantaban solo con el acompañamiento de la guitarra y sus voces estaban siempre en un primer plano. Boquiabierto me he quedado a veces viendo cómo todo un teatro se ha puesto en pie, vitoreando y silbando a un cantaor después de una actuación que había rozado lo nefasto. No es que haya que ser flamencólogo para saber apreciar un cante por soleá, pero es fundamental la educación del aficionado, que sepa lo básico, lo mínimo para poder aplaudir o no aplaudir, que eso no es una obligación. Se aplaude cuando el artista ha estado bien, no cuando ha sido un desastre. No es que haya que hostigar a nadie, pero tampoco sacarlo a hombros si no lo ha merecido, de manera caprichosa, porque esto puede acabar con una guerra entre los fans de unos artistas y de otros.

No me extrañaría que fuéramos una noche a un concierto de la Bienal y nos encontráramos a grupos de personas con pancartas, como ocurre en los conciertos de David Bisbal o Pablo Alborán. El cante jondo necesita aficionados cultivados, preparados, no a fans enloquecidos que no son capaces de saber cuándo un cantaor da o no los veinte reales del duro. Eso se queda para las redes sociales, donde el fenómeno fan, en lo que al flamenco se refiere, empieza a ser preocupante. Y les importa un pimiento lo que diga luego un experto en el periódico o en un blog. Me refiero a la crítica, contra la que hay una especie de acoso y derribo por parte de estos fans o de los propios artistas, aunque no es bueno generalizar. Estoy más por el aficionado cabal que por el fanático enloquecido. Será que me estoy haciendo viejo.

 

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Crítico de flamenco, periodista y escritor. 40 años de investigación flamenca en El Correo de Andalucía. Autor de biografías de la Niña de los Peines, Carbonerillo, Manuel Escacena, Tomás Pavón, Fernando el de Triana, Manuel Gerena, Canario de Álora...

1COMENTARIO
  • Paco Benitez 26 mayo, 2019

    El buen aficionado al flamenco sabe de antemano que los cantes son de la calidad que escuchemos de un artista, o de un concursante que se presenta a concursar para obtener un premio. Y tenemos a señores que bien porque es conocido, amigo o, familiar del que se sube al escenario que aun no ha abierto para decir un compás del palo que va a cantar y ya lo jalean y aplauden como si de un coloso se tratara… Y mi responsabilidad a veces como jurado de ciertos concursos, por ejemplo el que actualmente estoy con las Soleares de Cadiz, pues bien considero que pocos, o casi ninguno, saben desarrollar ese palo, le temen? Conocí a la Perla de Cadiz, y lo decía a boca llena este mismo comentario que he hecho ahora, las soleares de Cadiz son de difícil asimilación, las cantan mas que nada las de Alcalá y hasta alguno me atrevo decir no las entonan bien, y la pronunciación a veces ni se le entiende. Bueno pues el aplauso de turno y un ole que viva la «mare que te parió»… Mas respeto, el cante es un don, y una signatura que hay que tener muy bien amueblada esa garganta mancando las letras con el duende que a muchos les faltan.

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