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Modernidad y potsmodernidad en el flamenco

Con anterioridad publiqué un artículo titulado “Clasicismo, vanguardia y caos”, en el que intentaba dar algo de luz al debate que en estos momentos de confusión invade el flamenco

Con anterioridad publiqué un artículo titulado “Clasicismo, vanguardia y caos”, en el que intentaba dar algo de luz al debate que en estos momentos de confusión invade el flamenco, quizá provocado por la incorporación de nuevos aficionados con criterios muy distintos a los mantenidos hasta ahora. La situación en la que se encuentra el flamenco hasta estos momentos, y por tanto la visión que se tiene de él y que se ha mantenido durante los últimos años es la del mantenimiento de la tradición, que supone un profundo respeto a la memoria del pasado, o renovación, que implicaba adaptarse a los gustos de los nuevos tiempos. En el citado artículo, hablaba del caos que se está produciendo en el flamenco frente al clasicismo o la vanguardia renovadora. Hoy quiero dar un paso hacia adelante, en un intento más de aclarar ideas, y abrir la mirada hacia la modernidad por la que intenta transitar el flamenco. A veces un árbol no nos deja ver el bosque y los que hemos conocido el flamenco en su esencia, en su raíz, en ocasiones tenemos dificultades para comprender a aquellos más jóvenes que han vivido el arte de una manera diferente, con propuestas a veces agresivas, o al menos distintas. Los que hemos vivido propuestas renovadoras, vanguardistas, como las de Lebrijano, Camarón o Morente, por citar tres ejemplos, no debemos caer en el inmovilismo, pero sí podemos ser críticos con los nuevos movimientos que invaden el flamenco y que en muchos casos lo están vaciando de contenido.

La verdad es que existe un cierto fracaso en el intento de renovación de las formas tradicionales del flamenco, pues la mayor parte de las propuestas adolecen de falta de orden, de unidad, en definitiva, de coherencia. Incluso en ocasiones lo que menos importa es el contenido del mensaje para dar valor a la forma o manera en que es trasmitido y el grado de adhesión que pueda producir. Se trata de rendir por un lado un culto al cuerpo y a la liberación personal y por otro a la tecnología. Un ejemplo claro lo podemos encontrar en “La fiesta”, espectáculo que Israel Galván está llevando a los teatros, donde la fusión de espacio y tiempo, algo sagrado en el flamenco, nos provoca una percepción grotesca. En realidad se creen que están creando una estética nueva, pero este “totum revolutum”, caótico, no va más allá del collage o el pastiche, ni siquiera convence a un sector del público que, defraudado, opta por abandonar la sala. Quizá piensen que ante el cúmulo de perplejidades de nuestra época y lo efímero de las cosas, estos movimientos artísticos alternativos puedan transformar el flamenco, se trataría por tanto de una transvanguardia donde su eje principal es la rebeldía deconstruyendo lo que tenemos. En fin, qué le vamos a hacer, los tiempos vienen así y habrá que esperar a que vayan llegando propuestas más sólidas.

La realidad es que nos encontramos en una encrucijada difícil de resolver, pues el flamenco no es sólo una música, sino que también es una cultura, un ritual, una forma de ser, que ha ido transformándose y modificándose según imperaban los tiempos, los cambios políticos, sociales, las nuevas tendencias musicales, en definitiva es también el reflejo del momento en que vivimos. Si miramos a nuestro entorno observaremos sin mucho esfuerzo la crisis política, social, cultural y de valores que aflora en la sociedad de hoy, lo que lleva a estudiosos como Gerhard Steingress a investigar el flamenco desde una perspectiva evolutiva nueva en cuanto a su composición, su influencia sociológica y de acuerdo con la posmodernidad que rige en estos tiempos, se trata por tanto de una nueva forma de ver la estética, una nueva interpretación de valores, en la que lo fundamental es el individualismo y la falta de compromiso con esa estética que se predica.

Por eso pediría a algunos pseudointelectuales del flamenco que llamen a las cosas por su nombre, que no creen más confusión y que aclaren la base de su propuesta. Por poner un ejemplo, pediría a Israel Galván que califique su espectáculo “La fiesta” como “música o danza performativa”, o quizá “baile conceptual”, lo que les daría una gran variedad de posibilidades para realizar una performance musical, desde alteraciones tecnológicas del sonido hasta la defecación, pasando por todo tipo de ocurrencias, pero que no lo llamen flamenco, aunque me temo que sin este apellido los ingresos económicos se iban a reducir sustanciosamente.

José Ignacio Primo

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